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Los sin nombre de Santiago Gil


Pocas veces nos encontramos con un narrador tan definido en su manera de escribir como Santiago Gil. Cierto es que eso que llaman estilo hace reconocible la escritura de cada uno cuando alcanza su propia voz, pero en el caso de Santiago las constantes se repiten de forma casi matemática y se ponen a funcionar sus tres signos de identidad fundamentales que ya he resaltado más de una vez: es un escritor en espiral, es un observador que en el mar de la vida ocupa un submarino siempre con el periscopio en servicio, es un navegante que conoce su destino pero ignora la ruta y se orienta por los vientos y las corrientes del ritmo de su prosa. No puede evitarlo; la historia va contándose sola porque se ha ido almacenando en el disco duro de lo cotidiano que Santiago Gil convierte en materia novelable.

fsgil.JPGDespués del resultado colosal de su anterior novela, La costa de los ausentes, que es un punto de inflexión en su obra, un intento logrado de cerrar uno de los muchos y fructíferos círculos que tiene el autor, vuelve ahora con Gracias por el tiempo, una novela corta que aparentemente solo pretende mostrar el desgarro social y humano que genera la desigualdad y que se ha multiplicado después de este nuevo "crack" programado de 2008 y que se alarga a conciencia y con regodeo. Y es verdad que el trasfondo y en cierto modo uno de los desencadenantes es esa crisis económica terrible, pero hay más vientos en las velas, más luces en el periscopio. En ese juego circular que Santiago domina como nadie, aparecen historias que darían para una saga, desde la de los padres del protagonista que irrumpe en la novela refugiado en un furgón porque no hay otro techo posible y acompañado de un padre ya muy mayor, o acaso no tanto, pero sí avejentado por el sufrimiento.

Es también una de las vidas posibles del protagonista, que sale de su tierra, unas veces se queda en Londres, otras recala en Madrid o vuelve a la isla, o como ahora, que suelta la cometa y salta de continente a un lugar lejos del mar en plena Sierra Madre mexicana. Al final, lo que parecía un juego a dos voces, en las que todos tienen nombre y lo van perdiendo los protagonistas como en una especie de disolución de su propia estima, es un retrato de la impotencia de una sociedad ante la voracidad de quienes la manejan, que nunca se nombran, pero que arrojan sobre los indefensos toda su crueldad sin fin. Si me preguntan si es una novela sobre la crisis diré que sí, pero que no habla de banqueros inmisericordes ni políticos paniaguados, sino de las consecuencias reales y terribles que para la gente tiene el nuevo paradigma en el que el dinero solo produce dinero, que al fin y al cabo a estas alturas es una sucesión de ceros y unos en el lenguaje binario de un ordenador que ni siquiera sabemos dónde está.

Santiago Gil pone de manifiesto que está en el culmen de su actividad creativa, un novelista con fuerza vital y con una obra que lo respalda, y que en estos momentos surte como una fuente inagotable todo lo que ha macerado viendo el mundo que lo rodea. Las grandes aventuras de sus novelas son cotidianas, sencillas y por ello sin fecha de caducidad, y a veces pienso que esa gente innominada que se mueve sin rumbo puede ser el reflejo de los personajes rulfianos que nunca sabemos si están muertos o vivos. Muertos vivientes, que es la condena que parece dictar el ultracapitalismo financiero, que sabe mucho de dinero y nada quiere saber de la gente. No hay mayor denuncia que mostrar la realidad tal como es.

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