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A Mararía por Arozarena


mararía 00.JPGDe una vez por todas, aprovechando que en el Día de las Letras Canarias celebramos la literatura de Rafael Arozarena, quiero reivindicar con todas mis fuerza el personaje y el mito de Mararía. No es gratuito que, cuando suena el nombre de Rafael Arozarena, salta inmediatamente la figura, la sombra y el mito de Mararía, porque sin duda ningún relato ha calado tan hondo colectivamente en Canarias. Rafael Arozarena le quitaba importancia, pero cada vez que hablaba con él lo encontraba más resignado que la vez anterior a reconocer que Mararía es una buena narración, aunque sintiera envidia de aquel veinteañero que fue él mismo, que escribió una novela sin pensar que lo hacía (casi siempre, los libros que se escriben solos son las mejores), que hoy conocen miles de lectores, mientras que sus versos son ración de minorías.

En cierto modo es injusto que un libro eclipse al resto de la valiosa obra del propio autor, pero así es la Literatura y ocurre con cierta frecuencia, pues nombras a Cervantes y surge El Quijote, dices Charlote Brönte y se dibuja Cumbres Borrascosas, mencionas a Pasternak y asoma El Doctor Zhivago; y el resto de la obra narrativa o poética queda sepultada bajo la losa que supone la mitificación de una obra literaria. Tal vez por eso, sintiendo la potencia mítica de su libro, Juan Rulfo debió percibir que iba a dar lo mismo lo que escribiera después, Pedro Páramo, como los eucaliptus, no dejaría crecer nada a su alrededor.

Y, claro, Rafael Arozarena es autor de Mararía, pero también lo es de otras narraciones y de una obra poética que merece la más alta valoración. Porque él siempre se sintió más cerca de la poesía, desde que su abuela le dijo que poner palabras en columna era ser poeta, que era el puesto más alto que podía alcanzar un ser humano. Entonces trazó garabatos y compuso una columna. La abuela, que era poeta sin versos, le dijo que aquello era un poema, el niño hizo otra columna y se sintió poeta.

mararía 21.JPGPero siempre está ahí el foco deslumbrante y a la vez la sombra muy alargada de Mararía. Las historias míticas no se proyectan, no se estructuran, no se preparan. Surgen. Y el mito es el personaje que lo inunda todo, pero también lo es el novelista-poeta, en este caso un joven Arozarena de veinte años, que llega a la isla de Lanzarote sobre la que en la primera postguerra levitan las palabras mágicas de Agustín Espinosa. El joven Arozarena es técnico de Telefónica y tiene lecturas, pero al fin y al cabo es un muchacho que aún está muy lejos de lo que luego llegaría a ser. Con estos leves mimbres, solo tenía un arma que ni siquiera pensó utilizar: la sensibilidad poética que tal vez le descubrió su abuela. Despierto y curioso, se llevó una impresión casi inexplicable cuando vio pasar en silencio a una mujer mayor vestida de negro contrastando con el sol y el blancor calizo de Femés. Le dijeron que era una tal Mararía, y él quedó hipnotizado por los ojos bellísimos de la anciana, unos ojos que tal vez le transmitieron lo que no puede decirse con palabras.

Como si hubiera recibido una orden de otra dimensión (vienen algunas veces las musas), el joven preguntó y tomó notas, que luego puso en orden con el mismo aire inconsciente que las voces que se las dictaron. Había escrito una novela y no lo supo hasta que, muchos años después, alguien se dio cuenta de que aquellas notas eran mucho más que el resultado de una curiosidad juvenil. Si tomamos el texto párrafo a párrafo, veremos que no tiene palabras ni construcciones especiales, cuenta una historia como tantas y describe un paisaje que estaba ya en las páginas del Lancelot de Espinosa. ¿Qué tiene entonces Mararía para que nos atrape y ya se quede en nuestro imaginario para siempre? La respuesta es obvia: mito y poesía. El joven Rafael Arozarena era ya un poeta, no necesitaba saber sino sentir, y por eso el personaje de Mararía es una metáfora quemada de Lanzarote, es mágica y está por encima de lo comprensible hasta para su autor. Y hay una conclusión más que evidente: toda buena novela ha sido escrita por un poeta, aunque jamás haya escrito un verso.

mararía 2.JPGLa idea de belleza que nos sugiere Rafael Arozarena es tan sublime y al mismo tiempo tan diabólica, que resulta inalcanzable en la realidad aún por una mujer, aunque sea muy bella. La Mararía de Arozarena tiene una belleza tan imposible que ni siquiera puede expresarse con palabras, pero de alguna forma aparece en la imaginación de quienes la leen. Arozarena sabía que el mito lo había superado porque va más allá de lo escrito. Y seamos prácticos, porque pocas veces puede presumir un ámbito literario de tener un gran mito nuevo, y Canarias lo tiene en Mararía, una novela que puede ser comentada, analizada y criticada, como cualquier obra literaria, pero cuando lo que verdaderamente funciona es lo que se siente es que nos encontramos ante un mito, algo inexplicable e insoslayable, una suerte de mensaje cósmico del que Arozarena ha sido el canal de transmisión. No olvidemos que trabajaba en Telefónica cuando la escribió. Por eso reivindico Mararía.

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(Este trabajo fue publicado en las ediciones impresa y digital del periódico Canarias7, con motivo del Día de las Letras Canarias 2017).

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