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Escribir la despedida de un gran poeta es siempre difícil porque no puede meterse en unas pocas líneas la inalcanzable grandeza de una obra literaria sin fisuras. Escribir de un gran amigo se me antoja casi imposible porque no estamos preparados para asumir su partida. Si confluyen ambas circunstancias, no aparecen las palabras que puedan transmitir a la vez el dolor de la amistad y la dimensión poética de una de las voces más rocosas que ha dado esta tierra. Se nos ha ido como del rayo Juan Jiménez, con quien tanto quería. Tengo que acudir a las palabras de Miguel Hernández para asegurarme de que estos renglones son capaces de aproximar la figura del poeta a la tremenda realidad que es su silencio. Como decía una gran poeta al conocer la triste noticia, escasean las palabras precisamente en el territorio en el que Juan Jiménez tenía la vitola exacta para convertir en grafismos lo más profundo de los seres humanos, una capacidad para codificar ese aire del sur que siempre lo acompañó.

20140719_132834.jpgCaminó la senda poética trazando un Itinerario en contra para ponerse siempre al lado de la verdad poética, que es el extracto sublime de todas las verdades. De ese viento sur que eran sus manos de poeta surgieron algunos de los versos más hermosos y certeros de nuestra poesía, versos que serán un retrato del sufrimiento de nuestra gente, que fue siempre su dolor permanente. Su poesía no es comprometida, es el compromiso mismo. La herida que deja su ausencia en nuestra literatura es una de las más tremendas que recuerdo. Cuando, hace unos años, tuve que escoger cien poemas suyos para la antología Traigo viento en los ojos, lo tuve muy fácil, porque era imposible cometer errores, cualquier poema que escogiese tomaba peso de insustituible; al mismo tiempo, fue una tarea muy complicada, porque los centenares de poemas que quedaban fuera tenían exactamente el mismo peso que los elegidos. Quienes conocen su obra me decían, según gustos, que faltaba tal o cual poema; al preguntarles cuáles tenía que quitar para incluir los que se me proponían, se rendían ante la evidencia de que pocas veces se encuentra una obra poética tan igualada en la cima.

El tiempo hará el resto. La obra de Juan Jiménez es una semilla que ha sido plantada y que crecerá a medida que tome más y más distancia, porque al final sus temas centrales son eternos: la justicia y el amor. La muerte jamás aparece en su obra, al menos en la que está publicada. Será porque los grandes poetas nunca mueren. Descansa en paz, amigo poeta.
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(Este texto fue publicado en la edición impresa de Canarias7 el sábado 12 de enero).


John Steinbeck ha sido casi hasta ayer algo parecido al pariente pobre de la muy aclamada Generación Perdida norteamericana del medio siglo XX. Son los propios norteamericanos los que se han dedicado sistemáticamente desde el principio de su carrera a minusvalorar su obra; para ser exactos, una parte de su país cercana a las ideas del poder imperante, la que domina medios y crea opiniones, que no cejó en su campaña de desprestigio contra el escritor ni al recibir este el Premio Nobel en 1962. Es más, cuando en el año 2012 la Fundación Nobel abrió sus archivos, como hace siempre al cumplirse 50 años de la concesión de galardón, fueron los norteamericanos quienes se encargaron de airear que aquel premio fue una solución de compromiso, que es lo que siempre es el fallo de un jurado, un compromiso.

Steinbeck 1.jpgCada año hay acceso a un acta nueva del Nobel de medio siglo antes, y lo normal es que, salvo algunos estudiosos que coleccionan curiosidades, pocos husmeen en las deliberaciones de la Academia sueca. No han sido publicadas -aunque se podría- las razones por las que durante los diez años siguientes a la terminación de la Segunda Guerra Mundial fueron premiados preferentemente escritores británicos, americanos y franceses (potencias aliadas vencedoras). Sería interesante conocer las razones que constan en acta por las que estas naciones se alzaron también con la mayoría de los galardones de la década, incluido el de Winston Churchill, que lo recibió mientras desempeñaba de nuevo el cargo de Primer Ministro en 1953, porque se podría pensar que de esta manera los suecos trataban de congraciarse con los vencedores, teniendo en cuenta que sus relaciones con la Alemania Nazi fueron "peculiares", por decirlo de alguna manera. ¿Y la URSS? Hombre, no, los comunista aparte, que es la Guerra Fría. Siempre hay razones extraliterarias que pesan para la concesión de este premio, pero nunca llegan a saberse, porque los del país ganador de ese año suelen callar y los demás ni se acuerdan.

En Estados Unidos se celebraron con euforia y no poco chauvinismo los anteriores Premios Nobel de Literatura: Sinclair Lewis porque fue el primer norteamericano en recibirlo, Eugene O'Neill porque era para la crítica un dios hecho hombre, y no digamos las fanfarrias que sonaron en honor de William Faulkner, el casi mítico caballero del Sur conservado en whisky con base de maíz (Bourbon), o del prepotente y huracanado Ernest Hemingway; los dos últimos formaban parte de la muy celebrada generación bautizada por Gertrude Stein, y todavía se preguntan los más patriotas cómo es posible que no le concedieran también el Nobel a otros dos componentes del grupo tan imprescindibles como John Dos Passos y sobre todo Francis Scott Fitzgerald. Lo de Steinbeck les sigue molestando, e incluso suelen tratarlo como un intruso a remolque, al que han llegado a llamar "Hemingway de tercera fila".

¿Qué pecado original o adquirido pesaba sobre John Steinbeck para que fueran los críticos y los medios de su propio país los que se daban codazos para machacarlo mientras era celebrado en medio mundo? Para empezar, Steinbeck no pertenecía al escogido círculo de su generación que se movía entre la rutilante Nueva York de entreguerras y el siempre glamuroso París de la norteamericana trasplantada a Francia Gertrude Stein. Se empeñó en ser escritor y puso todo su empeño en conseguirlo, aunque nunca logró terminar su formación universitaria, a pesar de la posición acomodada de que gozaba su familia en Salinas, pueblo del californiano condado de Monterrey, un poco más al sur de San Francisco. Se lanzó a la aventura y sobrevivió en distintas profesiones, desde las manuales más humildes hasta la de periodista free-lance con poco éxito y menos salario, lo que le costó su primer matrimonio y tener que llegar incluso a depender de la beneficencia pública en los terribles años de la Gran Depresión.

Steinbeck 2.jpgEra muy tenaz, pero sus primeras obras no contaron con una respuesta comercial que le permitiera sacar la cabeza del agua. Empezó a tener un cierto éxito con Tortilla Flat (1935), pero no fue hasta 1937 cuando su novela De ratones y de hombres le dio el éxito editorial y económico que antes le había sido negado. Aunque vendió centenares de miles de ejemplares en años de economía nacional muy precaria (o precisamente por eso), fue con esta novela con la que empezó a granjearse el rechazo de los críticos, azuzados por los poderes económicos que él ponía en tela de juicio, porque esta novela narra La Gran Depresión desde la óptica de quienes más la sufrieron, él sin ir más lejos. Es cierto que algunos de sus compañeros de generación fueron críticos con una sociedad desigual, pero es que Steinbeck era insultantemente hiperrealista, no envolvía la vida en abstracciones faulknerianas, la contaba con toda su crudeza y delataba a la clase que encima se enriquecía con el dolor ajeno.

Por si fuera poca la animadversión que atrajo sobre sí, dos años después publicó Las uvas de la ira, una novela literariamente muy sólida, pero que incidía en el mismo problema: los abusos de los poderosos que traficaban con la miseria, algo que estaba a la vista de todos y nadie exponía claramente. Hay que decir, sin embargo, que tanta polémica no amilanó al jurado del Premio Pulitzer, que lo consagró, ni al director John Ford, que inmediatamente filmó la película, con un Henry Fonda en estado de gracia y dos Oscars, uno de ellos a la mejor dirección. Aquel fue el momento menos tenso entre Steinbeck y el poder, porque inmediatamente Estados Unidos entró en la guerra y el novelista arrimó el hombro como corresponsal e incluso como miembro de un embrionario servicio de inteligencia que terminaría siendo la CIA. Algo debían confiar entonces en él.

Acabó la guerra, todos celebraban (merecidamente, por supuesto) a toda aquella generación, aunque Steinbeck quedaba un poco aparte, como con sordina, a pesar de haber publicado una joyita como La Perla. Venía a ser un dios menor, porque encima se le ocurrió visitar la Unión Soviética junto al legendario fotógrafo Robert Capa, y publicaron Diario ruso, textos y fotos, que al mirarlas uno piensa que debieron influir en Freddie Young, director de fotografía de la película Doctor Zhivago, que bebe claramente de la estética con que fue retratada para este libro la URSS real, aunque los exteriores de la película fuesen filmados en España. Ya con el macarthysmo a tope, las amistades del autor californiano con el mentado Capa y el actor activista John Garfield hacían que le sobrevolase la sospecha de ser filocomunista, hasta el punto de que incluso trataron de desacreditarlo al decir que el nivel de sus obras había bajado desde que murió su inseparable amigo, el biólogo marino Ed Ricketts, inseparables en sus mejores tiempos en su pueblo natal de Salinas. No decían, pero difamaban.

Steinbeck 3.jpgEl camino de desencuentro de Steinbeck con sus paisanos lo llevó a decir que ya no se sentía californiano, que nunca más volvería a su lugar de origen, y el deseo acabó convirtiéndose en realidad, pues se convirtió en un errante por 40 estados norteamericanos, entre los que no se contaba California, adonde solo volvería en una caja de pino, después de haber muerto en Nueva York el 20 de diciembre de 1968, de un problema cardíaco, hace ahora cincuenta años. Los terratenientes de su pueblo, que sostenían su opulencia sobre las espaldas de los inmigrantes mexicanos y de las personas afroamericanas de los estados sureños, no le perdonaban que, casi a las claras, Steinbeck los hubiera retratado en sus novelas. El realismo de su prosa no dejaba lugar a dudas, fruto tal vez inconsciente de esa doctrina que tanto furor causó en la URSS, donde se impulsaba el llamado realismo socialista. Este conjunto de cosas hizo que durante toda su vida Steinbeck y su país tuvieran una continua relación de desconfianza.

Steinbeck 4.jpgSi en los años cuarenta hubo una de cal y otra de arena, cuando se vieron a la vez en el mercado la novela La perla y Un diario ruso con fotos de Capa, se neutralizaron, y la luz del novelista seguía siendo muy tenue para la crítica. Esta ambivalencia de las circunstancias volvería a cruzarse con él en 1952, año en que publicó Al este del Edén, que entonces fue recibida por la crítica con poco entusiasmo pero al menos sin ese odio rugiente que solía atraer el autor. Valoraban a su favor que escapase de su realismo a piñón fijo y se internase en otras dimensiones expresivas, o que localizara la acción en Salinas, su pueblo natal; además, algunos interpretaron esta reaparición del condado de Monterrey como una especie de reconciliación del autor con sus raíces, aunque la novela indaga sobre el mal y algo tan controvertido como el bíblico mito de Caín, y obvian que escarba en la propia familia materna del novelista. De alguna forma, que navegase por mares psicológicos y se olvidara por una vez de temas sociales se vio como un cambio de perspectiva y de pensamiento. Probablemente este giro tiene que ver con que era la época más dura del Comité de Actividades Antiamericanas, con el senador McCarthy al frente. Es posible que, estando en el punto de mira, otro enfoque le habría traído muchos problemas. Esta novela fue llevada al cine años después por su amigo Elia Kazan y supuso la creación del mito cinematográfico de James Dean, esa imagen con camiseta y tejanos de un adolescente tirando piedras a la ventana de su infancia vulnerada.

Steinbeck 5.jpgPues ya estaba resuelto el pulso con la crítica; debieron pensar que Steinbeck estaba amortizado, seguía siendo una especie de epígono de los Hemingway, Faulkner y Fitzgerald, lo habían puesto en su sitio y ya no había motivos para ensañarse con él. Pero, claro, las amistades peligrosas y su propia tendencia a molestar lo llevaron a aceptar el encargo de su amigo Elia Kazan, otro elemento vigilado por McCarthy: escribir el guion de una película sobre el revolucionario mexicano Emiliano Zapata. Steinbeck pudo haberse limitado a contar la rocambolesca historia del líder de los campesinos de Morelos, pero no, se empeñó en meter diálogos que tocaban las narices al poder norteamericano. Para mayor escarnio, Kazan filma un peliculón, ¡Viva Zapata!, que arrasa en taquilla y supone el primer gran hito como actor de Marlon Brando, y a Steinbeck lo nominan al Oscar al mejor guion. Finalmente no le dieron la estatuilla, pero Hollywood se amparó en el anonimato para decir que ya era hora de parar tanto fanatismo. A partir de entonces, volvieron las críticas destructivas, que no cesarían hasta el final de la vida del escritor y más allá.

Cuando en 1962 le concedieron a Steinbeck el Nobel de Literatura, lejos de celebrar el triunfo de un autor estadounidense, la crítica se apresuró a descalificar a la Academia Sueca, que por lo visto no había sabido ver los verdaderos valores de la literatura norteamericana, que según ellos debían residir en alguna pluma menos indómita. Pero la realidad es irónica, y el tiempo hace cada día más grande al novelista de Salinas, pueblo perdido que aparece en el mapa porque cada año recibe a cien mil personas que visitan el National Steinbeck Center y la tumba del hijo pródigo, verso suelto de la Generación Perdida. Cincuenta años después de su muerte, hasta los norteamericanos empiezan a entender lo que nunca se puso en duda en el resto del mundo, que John Steinbeck es uno de los grandes escritores del siglo XX.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7)


El análisis de la actual situación política en España podría hacerla un cronista deportivo, de fútbol a ser posible, y le cabría la explicación de que, como le ocurre a determinados equipos, no juega a nada, aunque a veces gane algunos partidos. El cronista diría que no hay intencionalidad de jugar al "catenaccio" italiano, al ataque inmisericorde como el Real Madrid clásico, al fútbol de un tren de mercancías como Alemania, o a la filigrana preciosista de la leyenda brasileña. Es decir, se le da a la bola según llega y luego esta puede irse fuera o ser gol, incluso en propia puerta (por supuesto, la culpa es del árbitro, del mal estado del campo o del faraón Tutankamon, nunca propia). Si esto siempre fue así, ahora es peor, porque se acabaron los amaños y se han derrumbado los prestigios, que sabemos que se mantenían por el silencio de los medios de comunicación, porque trapisondas siempre las hubo.

gibraltar.jpgEstá cada vez más claro que no es lo mismo saber que certificar. Me hace gracia que se rasguen las vestiduras cuando se hace pública una corruptela. Es de risa, porque siempre se han sabido esas cosas, pero no se publicaban y habitualmente no tenían consecuencias jurídicas o políticas. A los diez minutos de bajarte del avión en Barajas, alguien te había contado el desvío de un trazado ferroviario para que revalorizaran terrenos de la familia de un alto cargo, el nombre de la nueva amante de alguien innombrable por poderoso o cualquier otro asunto que nunca se reflejaba en las informaciones; eran secretos a voces pero nadie le ponía el cascabel al gato, entre otras cosas porque las distintas burbujas beneficiaron a mucha gente; se callaban como el Lazarillo de Tormes cuando cogía uvas a mansalva del racimo que compartía con el ciego, hasta que este se dio cuenta y le soltó una bofetada como la que nos ha caído encima en los últimos diez años.

Antes, las noticias verdaderamente fuertes iban de boca en boca, ahora se publican y queda muy feo que, ante tales novedades, los fiscales miren para otro lado. En los años del silencio mediático, de vez en cuando surgía algún escándalo, que supongo dejaban circular para que funcionara como la válvula de una olla a presión, y a menudo eran ajustes de cuentas entre poderes y poderosos; como dice Woody Allen sobre la Mafia, no eran peligrosos porque solo se mataban entre ellos. Pero cuando se acaba el pastel, nadie conoce a nadie, y es por eso que ahora surgen los conflictos que durante décadas estaban acallados, el Lazarillo veía que el ciego cogía las uvas de dos en dos, y no protestaba porque él las arrancaba de tres en tres. El problema es que no hay racimos infinitos.

En la confusión, crece la demagogia, que la RAE define como degeneración democrática. Lo hemos visto con Gibraltar; el gobierno socialista ha tenido que luchar contra unos renglones del Brexit que supuestamente perjudicaban a España. Vende el cambio de redacción como un éxito histórico (demasiadas esdrújulas), mientras Casado habla de gran fracaso (también histórico), pero no dice que, durante el año y medio de negociación (y gobernando), el PP había dado por bueno el texto (o Dastis y Rajoy no se habían enterado), y ahora resulta que la culpa es de lo mal que lo ha hecho Sánchez. Así pasa con todo, porque lo de Gibraltar es un imposible histórico (esta vez de verdad) que dura ya más de tres siglos. Casado dice que la rectificación carece de valor jurídico, y de ello tendríamos que deducir que todo el documento del Brexit no se ajusta a Derecho, porque la nueva redacción forma parte de él. La situación es inamovible, da igual lo que ponga el texto, que lo escriban en letras de oro o que quemen el papel.

IMG_20181122_130318hhh.jpgPero ha sido solo un espectáculo para que los gobiernos de Madrid y Londres y la Comisión Europea saquen pecho sobre "lo bien que negocian". El Reino Unido es una de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial, brazo armado de Estados Unidos en Europa, y ni en sueños va a soltar Gibraltar ni siquiera con la entelequia de la soberanía compartida. Lo de paraíso fiscal es una menudencia sobrevenida que empezó no hace mucho tiempo y tal como apareció puede desvanecerse. La verdadera importancia de Gibraltar es su valor estratégico militar. Si en la improbabilísima hipótesis de que, en un ataque de flaqueza, a los gobernantes ingleses se les ocurriera aflojar su política gibraltareña con España, El Tío Sam se encargará de darles un codazo de advertencia, porque El Peñón es la llave de la puerta occidental del Mediterráneo, que controla la posible salida al Atlántico de la flota rusa del Mar Negro (y más ahora con la nueva crisis de Crimea), que siempre fue una obsesión zarista y soviética, y ahora quita el sueño a Putin. Así que, todo lo que se hable de Gibraltar es patrioterismo barato, bisutería política, porque los hechos son los que son. Ha habido una semana de entretenimiento mediático y asunto cerrado. Y es que he visto parvularios con más adultez que la de nuestra clase política.

Volviendo al símil del locutor deportivo, los equipos que no juegan a nada no llegan a nada. En mi opinión, sabiendo que Gibraltar es también una roca política y militar inexpugnable y eternamente en manos británicas, lo más inteligente habría sido pasar de puntillas sobre el renglón de la discordia, porque lo que iba a producirse inexorablemente era que quedara en evidencia el leve peso de España en la escena internacional. Como dijo Groucho Marx, es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
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(Este artículo fue publicado en la edición digital de Canarias7 del día 27 de noviembre).


Suele decirse que el periodismo nació en la Inglaterra del siglo XVIII, décadas antes de la Revolución Francesa, pero en realidad ya se ponían comunicaciones para la gente desde la época de Julio César, y durante la Edad Media había hojas volanderas que comunicaban. Fue en la Venecia más gloriosa cuando se imprimían noticias y opiniones que se vendía al precio de una gazetta, que era la moneda veneciana de la época, y de ahí surgió el primer nombre de las publicaciones, que se instauraron como tales y con fuerza durante el siglo XIX. Los grandes magnates norteamericanos de la prensa influían en la sociedad y en la política, como los míticos Joseph Pulitzer o William Randolph Heart, pero es que los grandes empresarios de la época de consolidación y crecimiento en Estados Unidos se dedicaban en origen a una sola actividad: Carnegie los trenes, Rockefeller el petróleo, los Hermanos Lehman a la banca, los mencionados Heart y Pulitzer a las empresas periodísticas y así en diversos sectores, si bien es cierto que pronto comenzaron a mezclarse intereses y el dinero sin nombre se infiltró en las redes del capitalismo que hoy conocemos.

Scan Mayte.jpgEn esa primera situación, las empresas periodísticas vivían de sus suscriptores, y podían ser relativamente libres, pero cuando el dinero pesó más desde la publicidad, la libertad de prensa empezó a diluirse, y la verdad impresa se tornó duda razonable. El fenómeno ha empeorado con el tiempo, por implicaciones políticas, y eso si hablamos solo de la prensa en países supuestamente democráticos, porque si entramos en otros espacio hablamos de censura clara y manifiesta. Hoy no serían posibles situaciones como la narrada en la famosa película de 1952 El cuarto poder, porque la dueña del periódico encarnada por Ethel Barrymore tendría negocios en otros sectores y el defensor irredento del periodismo independiente que interpretaba Humphrey Bogart estaría despedido y sin posibilidad real de encontrar trabajo en otro medio. Quiero decir que, desde siempre, se ha cumplido la conocida definición de que periodismo es publicar algo que alguien no quiere que se publique.

Muchas voces han sido acalladas, y en estos tiempos son demasiado frecuentes los asesinatos de periodistas en lugares como México, o más cerca, en Rusia, y ahí al lado, en Malta, dentro de la UE, por no hablar de los muertos en misiones informativas en lugares en conflicto, de triste memoria para todos. Y es que, cuando se mezcla la política, el crimen organizado y el dinero, el periodismo estorba.

De eso habla La espiral del silencio, la novela de Mayte Martín que hoy presentamos. Y después de lo dicho, podríamos pensar que ya no existe el periodismo porque ha sido devorado por el dinero. Pero es que precisamente, en estas condiciones tan adversas, en las que muchas personas se juegan la vida y a veces la pierden, sigue habiendo intención y vocación de contar eso que alguien no quiere que se cuente. Hablamos de gente que tiene un armazón ético indestructible, y desde luego una valentía que no tendría que ser imprescindible para empuñar una pluma o un micrófono, o para dar imágenes que alguien no quiere que sean vistas.

La manera que Mayte tiene de contarnos esto es a través de una novela negra; que en realidad no es negra por el género sino porque nuestra sociedad se está convirtiendo en un sistema que funciona como las tramas más socorridas del género. Por desgracia, a las novelas negras hoy habría que llamarlas realistas. Así de tremendo es el problema que a todos nos atañe. La libertad de expresión y por lo tanto la libertad de prensa acaba cuando choca con intereses políticos, económicos o de la propia empresa en la que se trabaja, por no hablar de otras organizaciones indeseables que por desgracia meten sus garras en todas las actividades humanas e inhumanas que dan dinero.

La lectura de esta novela produce desasosiego porque logra transmitir esa inseguridad en la que finalmente no puedes fiarte de nadie cuando hay algo importante en juego. Mayte pasa por ello a formar parte de esas personas valientes que, sea en forma realista y documentada, sea en forma metafórica, expone y denuncia, no solo el desprecio a la vida de los profesionales honestos del periodismo, sino porque se está cometiendo un crimen que nos afecta a todos. Lo que matan de un solo tiro es la verdad y la libertad. Poner sobre la mesa algo tan terrible es por lo tanto un acto de valentía. Si, además, está bien escrito, solo me queda felicitar a su autora.


Desde que, la semana pasada, el nuevo Estatuto de Autonomía fue publicado en el BOE y por lo tanto entró en vigor, llevo dándole vueltas a todo eso de las ventajas que para Canarias tiene que las decisiones importantes se tomen más cerca. Oigo pregonar a los cuatro vientos que tendremos más autogobierno y que la representatividad será mejor porque ahora habrá setenta diputados. Todo suena a música celestial porque siempre es importante que rijan los destinos de una comunidad aquellos que la viven y sienten, porque el mito de que Madrid no se entera es una realidad comprobada. En consecuencia, tendría que estar contento.

IMG_20181108_160652.jpgPero, ¡ay! Echo la vista atrás y lo que veo en estas tres décadas y media no me tranquiliza. A medida que ha ido pasando el tiempo, los poderes económicos de Canarias se han ido afianzando en su control de la política, y ya da igual quien gane las elecciones, siempre gobierna el mismo partido, unas veces con el apoyo de un lado y otras con el de otro, y durante años ha sido una mesa de tres patas que necesitaba dos para sostenerse. Como las posiciones de dos de ellas se tornaron irreconciliables, la tercera siempre ha gobernado con el bastón de mando, y últimamente hasta lo ha hecho sola. Uno se pregunta cómo es posible que los otros se lo permitan, y la deducción es que están en el mismo barco y les toca hacer de grumetes. En las últimas elecciones entraron nuevas fuerzas en el Parlamento, pero ni se notó, como no fuese para que una de las ellas agachara también la cabeza. Es decir, ni con cuatro, ni con cinco, ni con seis patas en la mesa cambia el que reparte la baraja.
Y ahora nos dicen que va a haber una nueva circunscripción electoral autonómica que por lo visto resuelve el desequilibrio que hay en la representatividad por aquello de la triple paridad, que es una mentira que nos hemos tragado y que finalmente nada resuelve. Porque si los escaños proceden de una u otra isla, se supone que el Parlamento trabaja para todo el Archipiélago, y si ahora ese desequilibrio disminuye, sigue siendo abismal la diferencia en el valor de los votos de los canarios según dónde vivan. El caso es que Canarias está en la cola de todos los baremos, y el de la desigualdad social y la pobreza es alarmante. Que haya nueve diputados más o que sean de aquí, de allá o de la Patagonia no resuelve el problema si no se legisla y se gobierna pensando en la gente sino en quienes pagan las campañas electorales.

Se toman las decisiones más cerca. Cierto, pero no parece que se tengan en cuenta las necesidades de esta tierra, solo los deseos de quienes tienen el dinero y quieren más. Como se ha dicho en estos días refiriéndose a las políticas de las grandes potencias con el Tercer Mundo, esto no es economía, es avaricia. Hay dinero para disparates clamorosos y no para atender las dependencias; sanidad, la educación o incluso la seguridad han pasado de ser un servicio fundamental a convertirse en negocio de unos pocos; se gastan pastizales de dinero público en promoción turística y quienes recogen la cosecha esa lluvia de millones pagan salarios exiguos, y se echan manos a la cabeza por una raquítica subida de salarios. El argumento que se aplaza es que hay que diversificar la economía, pero no se dan pasos en esa dirección, y da risa ver cómo en los presupuestos de 2019 se asigna a cada una de las universidades públicas canarias 250.000 euros en I+D+I. ¿A quién quieren engañar? Y nos ponen la zanahoria con el 75% de rebaja en los viajes de los residentes, y al final todo sale de las arcas comunes y acaba en el bolsillo de las grandes corporaciones, en este caso las compañías aéreas, que se despachan a gusto con los precios. Y con todo esto sobre la mesa, se vanaglorian de que tenemos un autogobierno magnífico. La pregunta es ¿para quién?

La demostración de que solo se gobierna pensando en grandes cuentas de beneficios son las muchas decisiones que se han tomado o se quieren tomar. Se ha demostrado o hay informes de que son pan para hoy y hambre para mañana, desde el empecinamiento en las gasificadoras en una tierra con obvias posibilidades de profundizar en energías limpias y con costes menores, hasta trenes, teleféricos o macromuelles, que, aparte de ser ocurrencias interesadas y dañinas para el paisaje que pretenden vender, si llegasen a funcionar necesitarían otras infraestructuras de comunicación que devorarían territorio en islas donde lo que escasea es el espacio. En los últimos 35 años se ha perdido una oportunidad histórica para crear prosperidad colectiva, y temo que el nuevo Estatuto ponga más decisiones vitales en manos de los depredadores sociales. El autogobierno es efectivo cuando se ocupa del bienestar colectivo, cuando prioriza a las personas, cuando escucha la voz de la razón. Pero aquí no se escucha a la gente, y los tribunos se envalentonan porque creen que con unos carnavales, dos paseos ciclistas urbanos y cuatro maratones entretienen a la plebe y dejan tranquilos a los patricios para que sigan engordando su avaricia.
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(Este artículo fue publicado en la edición digital de Canarias7).


Aunque la novela corta ya tuvo su gran recorrido en centurias anteriores, con ejemplos españoles tan brillantes como El lazarillo de Tormes o las doce Novelas Ejemplares de Cervantes, por lo general cuando se habla de novelas cortas siempre se tiende a minusvalorar la obra, aunque es bien cierto que muchas de las cimas narrativas de los siglos XIX y XX suelen ser muy largas, pero junto a ellas siempre hubo novelas menos extensas y de gran calado literario, como las narraciones de Stevenson o maravillas como La muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann, o La metamorfosis (1915) de Kafka.

20170526_114526.jpgEn el segundo tercio del siglo XX hay una eclosión de la novela corta, cuyo comienzo podríamos situar en 1942, cuando Camus publicó El extranjero y Cela La familia de Pascual Duarte, y el final en 1961, en el cierre de la trilogía de las primeras novelas cortas de García Márquez con El Coronel no tiene quien le escriba. Y en medio, una colección de joyas literarias, todas espléndidas, en diversos géneros, que van desde El principito, La invención de Morel y La perla, hasta El viejo y el mar, Réquiem por un campesino español, Pedro Páramo, Casas muertas o Desayuno en Tiffany's, firmadas por gigantes en varias lenguas. Y en el centro cronológico de este listado, en 1948, aparece El túnel, la primera novela del argentino Ernesto Sábato.

Aunque los temas y los enfoques de estas novelas son diferentes, todas tienen algo en común: de una forma o de otra merodean el existencialismo, cuando no se sumergen directamente en él. Esta corriente filosófica se afianza en el siglo XIX, de la mano de Kierkegaard y Nietzsche, y de autores literarios tan rotundos como Dostoievski. De algún modo, en el siglo XX siguen su estela pensadores tan dispares como Heidegger, Unamuno y Ortega, pero quien le puso nombre fue Jean-Paul Sartre en los años cuarenta, década en la que también surgen novelas existencialista de Camus, Simone de Beauvoir y del propio Sartre (estos últimos no entraron en el reino de las novelas cortas, necesitaban más espacio).

Por ello, la primera definición que entonces y ahora se hace de El túnel es que se trata de una narración existencialista, aunque también hay quien dice que existencialista es toda la literatura, porque habla de angustias, dolor, alegría y todas las pasiones humanas habidas y por haber. Otros encendidos apologistas suelen hablar de novela psicológica, de cómo se entra en la mente de un asesino y por lo tanto trazan un perfil de Juan Pablo Castel, el protagonista. Al final, todos caen en brazos de Dostoievski, precursor del existencialismo (también dicen que del psicoanálisis) en sus atormentadas narraciones. ¿No sigue este personaje sabatiano el mismo trayecto que el Pascual Duarte de Cela, el Meursault de El extranjero o el mismísimo Rodión Raskólnikov de Crimen y castigo?

Cuando se afronta cualquiera de las novelas cortas mencionadas, la reacción suele ser similar a la que se produce ante otra novela al uso, pero no sucede así ante El túnel. Las críticas, reseñas o comentarios suelen escapar a lo estrictamente literario y toman preferentemente uno de estos dos caminos: el filosófico o el psicológico. Cuando se toma la segunda vía, hay de todo, desde quien se mete en jardines freudianos y reproduce una relación edípica entre Castel y María, su víctima, hasta quien lo zanja con la conclusión, a mi modo de ver apresurada, de que el protagonista es simplemente un esquizofrénico que no ha tomado la medicación. Porque algunas de estas novelas, como la que comentamos, y las mencionadas de Camus y Cela, escarban en la mente de un asesino, y en algunos momentos podemos entender -no compartir- los motivos de su crimen, y de ahí nace la crítica de que, en cierto modo, lo justifica.

IMG_5580.jpgPero eso no es verdad, Sábato, como los otros autores, se interna en el pálpito de la vida y el laberinto de la mente humana. En ese sentido, la novela de Sábato admite un estudio psicológico tanto como un discurso filosófico con los soportes existencialistas. Siendo como es un libro rabiosamente literario, siembra siempre la duda de si es una novela que permite lecturas desde otras disciplinas del pensamiento fuera de la literatura, o bien es una especie de ensayo que utiliza el formato novela para generar debate. No estoy seguro de si Santiago Gil podría determinar si esta es una novela escrita con un mapa o con una brújula. Por consiguiente, surge más que nunca en literatura la duda de si fue primero la tesis que dio lugar al edificio narrativo o si en el camino creativo se reflejó la vida y al final se conformó una tesis. Pero, claro, ¿cuál?

Reza el refranero que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Este refrán puede usarse en sentido negativo para dar credibilidad a un bulo o en forma positiva para certificar que una persona o una obra tienen un elemento especial -desconocido o inexplicable- que los pone en la cima. Este puede ser el caso de esta novela, porque pocas veces un texto tan breve ha dado lugar a tantas teorías, debates, opiniones y adjudicaciones de determinados argumentos en todas direcciones y en distintas materias. Se puede contraponer cualquier otro ejemplo, que siendo breve, también haya hecho correr ríos de tinta, pero suele ocurrir que, tomando como ejemplo otras novelas cortas como El extranjero o Pedro Páramo, siempre las teorías y las opiniones sobre ellas van todas en la misma dirección y casi nunca se salen de la literatura. Y otro detalle, cuando se habla de lo estrictamente literario, jamás se pone en tela de juicio el argumento, la estructura, los planos narrativos o cualquier otro elemento formal; se da por hecho que es una obra maestra sin que casi nunca se entre en explicar por qué, ya que al menor despiste se suele entrar en otras dimensiones que salen de los carriles lingüísticos o literarios.

Estamos, por lo tanto, en el aniversario de una de las obras más estudiadas, debatidas y utilizadas de nuestra lengua, aunque posiblemente no supere en lectores a otras menos generadoras de debate. Alguien ha dicho que este es a la vez un libro mágico y maldito, porque si convenimos con los clásicos que la certeza es un estado de ignorancia, nunca tenemos la seguridad de si entramos en la oscuridad del túnel que le da título al libro o logramos ver una brizna de luz al otro lado. Al publicar El túnel, su autor consiguió dispersar cualquier certeza y despertar inquietud, desasosiego y malestar, que fue exactamente lo que pretendió. Sábato en estado puro. Setenta años después, el debate sigue tan vivo como en 1948. ¿Cabe mayor éxito?
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 el sábado 10 de noviembre de 2018.


Desde hace casi dos década, expertos, comentaristas, entidades de peso y trillones de conversaciones de barra de bar están en el acuerdo unánime de varias cosas, que al cabo son la misma: hay que revisar la estructura del estado, la relación entre los territorios, la jefatura del estado... Vamos, que urge reformar a fondo la Constitución de 1978, o bien hacer una nuev
a porque las condiciones en las que fue redactada la actual impidieron que se hiciera bien. Claro, que "hacerla bien" es un asunto muy complicado, porque ese concepto tiene distintas lecturas según para quien. Antes de que naciera la primera hija del entonces Príncipe de Asturias, se hablaba de cambiar la actual preferencia de los varones para heredar la corona, y en cada momento se apunta algo, pero nada se mueve. Al listado de opiniones unánimes en la necesidad de cambio hay que añadir a muchos políticos en la oposición, que cuando llegan al poder y tienen más capacidad de iniciativa se olvidan.

IMG_8424ttttt.jpgDice el refranero que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, aunque pudiera ser que ese aplazamiento sine die no sea desidia, sino intención de que las cosas permanezcan como están. En otros lugares se sigue la norma de Lampedusa ("Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie"). Ya no es que cambie todo, es que ni siquiera se hace un gatopardismo pequeñito. Nada de nada. Y la conclusión es que hay unos poderes que están infiltrados en todas las instituciones políticas, civiles y hasta marginales a los que les conviene el status quo, porque cuando los más opuestos hacen propuestas radicales hasta pasarse de vueltas, en realidad siguen el juego, porque como su idea es imposible en la presente correlación de fuerzas, siguen enarbolando su discurso "insobornable", y a tirar un tiempito. Lo vemos ahora mismo que se acercan las elecciones: unos se plantan en el cambio de régimen, otros van a provocar donde no son bienvenidos y cada cual va a reforzar su electorado, que son cuatro años los que se juegan y no es cosa de quedarse en la cuneta por ser razonables.

Si había alguna esperanza en los nuevos partidos, ya se ha diluido. Juegan a lo jugaban los que ellos llamaban los de la vieja política. Unos se atrincheran en el poder y aledaños y otros claman por elecciones inmediatas, digo yo que deberán suponer que sus posiciones les van a dar más votos, pero las encuestas siguen siendo tozudas y me temo que unas nuevas elecciones van a seguir perpetuando lo que ocurrió en 2015, en 2016 y después de la moción de censura. Los soberanistas de Euskadi y Cataluña parecen empeñados en que vuelvan los de antes, porque deben tener el convencimiento de que contra la derecha en el poder se vivía más plenamente su radicalidad. Por su parte, la derecha ya se ha puesto en un discurso durísimo, y hasta los que se vendían como de centro hacen piña con un partido de ultraderecha que predica... bueno, lo mismo que el PP. Debe de haberlos poseído de pronto el espíritu del Cid Campeador, y su palabras convierten en izquierdistas las políticas de Adolfo Suárez, las inmóviles de Rajoy y hasta las muy alabadas del aznarato.

Si grande es la confusión que deben tener los posibles votantes de la derecha, no es menor la que sobrevuela a quienes nunca les votarían y reparten sus papeletas entre la socialdemocracia, la izquierda dura que antes por lo visto era transversal, los nacionalistas y la abstención. Como siempre, los triunfos de la derecha no proceden de la suma de sus votantes, que son casi inamovibles, sino de la abstención de la izquierda. Siempre es así, y los que ahora saltan de alegría porque las encuestas (cocinadas o no) les dan buenos números, olvidan que todos los encuestados contestan pero no todos los electores votan. Por lo tanto, cada cual ha sacado a pasear su propuesta más radical, sabiendo en la mayoría de los casos que es absolutamente inviable, sea la derecha, los independentistas o la izquierda. Mientras tanto, los nacionalistas "moderados" siguen agazapados a ver si les cae algo en la pedrea de las decepciones y las deserciones.

IMG_20180728_1905026y.jpgPor otra parte, cuanto más extremista es la idea, se supone que prestigia más a quien la propone. Siempre ha estado larvada, pero ahora el cambio de la forma de estado en república es debate frecuente en todos los foros. Y hablo desde el convencimiento de que esa es la forma de estado más democrática posible, pero resulta que, por muy radical que sea una propuesta, siempre habrá alguien que la tilde de acomodaticia, blanda, burguesa o incluso fascista (cómo gusta esa palabra, sin pararse a pensar su significado). En esta carrera sin rumbo, nunca se es lo suficientemente duro. Y se clama por la república, lo cual es legítimo, pero luego hay una serie de cuestiones encadenadas que nadie se molesta en abordar: ¿república unionista, centralizada, descentralizada, federal, confederal, presidencialista, parlamentarista, simétrica, asimétrica, orgánica por territorios, con doble superposición política? ¿Qué combinación zigzagueante se propone? ¿Cómo se articula la representatividad? Todas estas cuestiones son de vital importancia, pues no es lo mismo Suiza que Portugal, Francia que Estados Unidos, Rusia que Finlandia, y todas son repúblicas. Estas diferencias de visión se llevaron por delante la I República (la de ¡Viva Cartagena!), y fueron una gran dificultad en la de 1931. El republicanismo no debe surgir solo del hartazgo o del cabreo. Una propuesta de esa envergadura tiene que estar muy bien apuntalada en todos los sentidos. Si no hay más detalles, ser más radical que nadie no basta.


Cuando llegan estas fechas, se despierta Halloween, que luego se adormece hasta el año siguiente. Suena la palabra y empieza el mismo debate de siempre, que si estamos invadidos por la maquinaria mediática norteamericana, que si hay que recuperar las costumbres locales -en nuestro caso Los Finaos-, que se pueden hacer las dos cosas. Hay opiniones para todos los gustos, y, claro está, hay mucha gente a la que le pilla muy lejos armar festejo, celebración, tradición o lo que sea alrededor de un hecho tan fundamental en todas las culturas como es la muerte. Y aunque lo que surge a simple vista es una puesta en escena, una costumbre secular o la inercia del calendario, en el fondo estamos hablando de un hecho tremendo e inevitable.

IMG_20181020_131400777.jpgHay lugares, como México, en los que el Día de Difuntos es parte vertebral de su manera de ser como sociedad, mientras que en las grandes urbes occidentalizadas se mira a la muerte por encima del hombro, como si nada tuviera que ver con nosotros. Y luego está el moderno Halloween en nuestro ámbito, muy viejo en Estados Unidos o en Irlanda, que es donde parece que tiene su origen. La idea de disfrazarse con motivos fúnebres y dar la imagen de una persona difunta proviene del intento de engañar a la muerte, que si viniera por nosotros y nos encontrara convertidos en esqueletos, calaveras o zombis podría pensar que ya estamos muertos. El viejo truco de hacerse el muerto para que no te maten, y de ahí viene la famosa frase "truco o trato", porque si falla el truco y no logras engañar a la muerte tendrás que negociar con ella un posible trato.

Con la idea de que la educación va más allá de números, letras y geografías, en la enseñanza se han ido introduciendo celebraciones que tratan de integrar al alumnado en la sociedad en que viven. De ese modo hay actividades en los colegios con diverso motivos, como el Día de Canarias, los carnavales, La Paz y otras que se suceden según criterios de cada centro. Cuando llega el 1 de Noviembre, en unos lugares se hacen los Finaos y en otros Halloween. Por supuesto los hay donde coexisten los dos y otros donde pasan de puntillas. Y es que el Halloween que nos ha llegado seguramente como una campaña comercial es una más de las costumbres que se han asimilado de la potencia dominante, como ha sido siempre, y el ejemplo más patente es La Navidad, que en Europa es antiquísima, y en Estados Unidos se inventaron un Papá Noel gordo, rojo y blanco, que nació como anuncio de refresco y viene en Nochebuena, y desplaza o comparte nuestra ancestral costumbre de los regalos de la noche de Reyes.

aaaannn.jpgAsí que, no está pasando nada que sea nuevo, que las culturas se mezclan y se mueven de un lado para otro. También es un principio inapelable que los países dominantes imponen su cultura a los demás, y de hecho seguimos practicando un sistema de vida que se compone de influencias del dominio británico, francés o español en cada momento, e incluso que proceden de épocas muy lejanas, pues el Carnaval ya estaba en el Imperio Romano y más atrás, y ha ido modificándose en la Italia renacentista, la Francia racionalista y en el calor y el color del Caribe o Brasil. Y sigue siendo Carnaval, de manera que lo que entendemos por cultura propia siempre tiene flecos que proceden de otras, lo que ocurre con Halloween es que lo hemos visto llegar, pero en dos generaciones parecerá que ha estado siempre aquí.

Todas estas costumbres son importantes si significan que una sociedad comparte vivencias; como el mundo es una gran tienda en la que todos tenemos algo que vender, se aprovechan estas fechas para mover el comercio, aunque eso tampoco es novedoso y seguramente ni siquiera tan malo como se dice, porque cuentan que a la entrada del circo romano se vendían reproducciones en barro de los gladiadores más cotizados. Ahora son camisetas de cantantes y futbolistas, disfraces de carnaval, múltiples regalos navideños o calabazas para Halloween. En todas las épocas y en todos los sistemas que imaginemos, el comercio es parte fundamental del engranaje de la economía. Otra cosa es que se practique de forma irresponsable.


Cuando llega el otoño y empiezan las lluvias, o al menos se las espera, salen a la palestra todos los asuntos relacionados con el agua en la isla de Gran Canaria. Y recalco lo de Gran Canaria porque el tratamiento de la propiedad del agua en esta isla es diferente al que se le da en cualquier parte del planeta, incluso en el resto de nuestro archipiélago. A cualquiera de fuera que le digas que el agua ha sido aquí durante siglos propiedad privada, como la tierra, los objetos o las casas, no se lo cree, porque a donde quiera que vayas encuentras sistemas y acuerdos seculares que tienden todos al uso comunal del agua, porque es un bien colectivo, como el aire que respiramos, porque es obvio que sin agua no hay vida, ni economía ni supervivencia, y eso lo vemos desde siempre en la agricultura, la ganadería y, sobre todo, en el servicio del ser humano, pues, si miramos un mapa veremos que las poblaciones nacen junto a los ríos, los lagos o cualquier hilo de agua que haga posible la supervivencia.

1-PICT0h046t.jpgLo mismo que aquellos acuerdos sindicales de hace más de tres décadas desembocaron en leyes que terminaron -al menos teóricamente- con un sistema medieval como la aparcería, pensábamos que la Ley de Aguas aprobada en el Parlamento de Canarias en el año 1990 daría cierre a la propiedad privada del agua, aunque ya ento3 PICTh0043.jpgces lo proyectaban a la distancia de cincuenta años (2040), que nos hacía desconfiar, porque medio siglo da para mucho, y más cuando hay intereses económicos mezclados con la política. Por desgracia, la desconfianza no era gratuita, porque estamos viendo que, de forma encubierta o a cara de perro, el agua sigue siendo controlada por los aguatenientes de toda la vida, y ya hemos consumido más de la mitad de ese plazo pactado entonces en el Parlamento. Para mayor descaro, también empieza a ser papel mojado otra ley posterior del Parlamento español, que en el año 2010 legisló claramente sobre el uso del agua.

También hay instituciones canarias que tienen responsabilidad sobre el uso y reparto del agua, y organismos como el Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria, surgido en 1992 a consecuencia de la ley antes mencionada, y que se adscribe al Cabildo de la isla. Se supone que este organismo tiene la penúltima palabra en la interpretación de las normativas (la última en los conflictos la tienen siempre los tribunales), y también se entiende que debe escuchar todas las voces que se hagan oír cuando existan conflictos. Pero no parece tener oídos para el clamor ante el desastre que se está generando en el Barranco de la Mina, y es muy triste que quienes tienen la obligación de velar por la normativa, el medio ambiente y la supervivencia de la isla no asuman su responsabilidad.

Están entubando el agua desde la salida del túnel de La Mina, que hasta ahora llegaba libremente al pago de La Yedra, en el municipio de la Vega de San Mateo. En ese recorrido, el barranco ha mantenido distintos ecosistemas, flora única que da cobijo a una fauna peculiar, y desde luego ha incrementado la riqueza paisajística. Hay instituciones canarias que tienen responsabilidad sobre el uso y reparto del agua, y organismos como el Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria, surgido en 1992 a consecuencia de la ley antes mencionada, y que se adscribe al Cabildo de la isla. Confieso que me produce un enorme desencanto la inacción del Cabildo grancanario, del que por su discurso se esperaba mayor preocupación y ocupación alrededor de un asunto de interés colectivo tan claro como este.

2 PICT016c9.jpgLa regulación del uso del agua del Barranco de la Mina viene de 1501, pues consta en un documento signado por los Reyes Católicos. Y seguimos en Gran Canaria con la maldición de ser el único lugar en el planeta en el que el agua es propiedad privada, a pesar de que existen una Ley canaria y otra estatal. Tampoco parece interesar al Parlamento de Canarias, al Diputado del Común y a todas las instancias que en principio tendrían que velar por el interés general. El agua del Barranco de la Mina no solo es un bien económico -que también- es historia de nuestra isla, futuro de nuestras riquezas naturales y presente de nuestro paisaje. Empieza a ser hora de que acabe la práctica de que unos pocos controlen y se apoderen de lo de todos, y encima pongan en peligro el espacio que vamos a legar a las nuevas generaciones. De modo que el agua del Barranco de La Mina tiene que discurrir en superficie; debe ser así por derecho histórico y por sentido común. Lo contrario sería una cacicada (no es la primera vez que lo digo, pero parece que es necesario seguir repitiéndolo).
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(Este artículo fue publicado en la edición digital de Canarias7 el día 23 de octubre de 2018).


Una de mis abuelas fue una extraordinaria contadora de historias; esa facultad le venía con su gran talento natural para la narrativa, pero sin duda se le educó con la afición al romancero popular y a la lectura de lo que ella llamaba "novelas antiguas", que era su definición de las novelas del siglo XIX, o del XX que se situaran en el siglo anterior. Cuando era niño, supe de la insobornable ansia de libertad de una tal Jane Eyre, de las dudas clasistas de la señorita Elizabeth Bennet, y de la fortaleza orgullosa de un huracán llamado Scarlet O'Hara. Cuando empecé a leer aquellos libros, me di cuenta de que Jane Eyre, Orgullo y prejuicio y Lo que el viento se llevó eran novelas escritas por mujeres. Y volví a encontrar maravillas imaginadas por Virginia Wolf, Mary Shelley, Emilia Pardo Bazán y una 1111.jpglista gloriosa de mujeres que llenaron de relatos y de poesía muchas horas de mi primera juventud. Nunca encontré diferencia entre ellas y los varones consagrados en los manuales, y para mí Jane Austen, Rosalía de Castro, Charlote Brönte o Gabriela Mistral ocupaban en mi mente el mismo espacio que los grandes nombres masculinos, tenido por gigantes. Pronto me di cuenta de que algo no iba bien, porque siempre que se hablaba del canon literario moderno de Occidente se repetían Dante, Cervantes, Shakespeare y Goethe, y una pléyade de coroneles, desde Dickens a Baudelaire, todos hombres. Y no había espacio en la memoria, el reconocimiento y la influencia para Teresa de Ávila, Emily Dickinson, Sor Juana Inés de La Cruz y muchas otras, generalmente silenciadas por eso que llaman Academia, que no sé por qué es un sustantivo femenino.

Desde que, muy joven, leí la novela Entre visillos, me enganché a la literatura, tanto de creación como ensayo, de Carmen Martín Gaite, una de las grandes escritoras españolas del siglo XX. Y el canon vuelve a repetir lo mismo, los grandes nombre de la narrativa española de posguerra son Cela, Delibes y, si acaso, Torrente Ballester y Martín-Santos. Carmen Martín Gaite no aparecía ni como segundona, y les aseguro que nada tiene que envidiar a los otros nombres, incontestables, sin duda. Ese silenciamiento de la mujer llega hasta nuestro días, pues es muy conocida la anécdota de que la autora de Harry Potter puso solo sus iniciales J.K. delante de su apellido (Rowlling) cuando presentó el primer libro a una editorial, porque sabía por propia experiencia que ni siquiera lo leerían si sabían que era una mujer. Y así están las cosas, en Canarias también, porque nuestro cuadro de honor literario del siglo XX está ocupado por varones que sin duda lo merecen, pero no surgen a la primera nombres como Josefina de la Torre, Mercedes Pinto, Pino Ojeda o Pilar Lojendio, merecedoras sin duda de ese lugar en nuestra cultura, porque pocos varones, incluso de los del cuadro dorado, fueron más valientes, audaces y coherentes, y sus obras siguen ahí para quien quiera comprobar su peso y su oportunidad. 2222.jpgY aprender, porque al silenciarlas se le hurta a mucha gente lo que ellas aportaron. Creo que este es el renglón adecuado para reclamar el rescate de una autora no suficientemente valorada como es la desaparecida Natalia Sosa Ayala.

Desde 2016, en España se celebra El Día de las Escritoras el lunes siguiente al 15 de octubre, festividad de Santa Teresa, escritora donde las haya. Por ello, el Parlamento de Canarias ha decidido homenajear este año a Elsa López, lo cual me parece un acierto porque todos los reconocimientos que se le hagan a Elsa son merecidos y casi siempre tardíos. Pero nunca es tarde si llegamos a fin de mes. Porque Elsa López, aparte de una poeta de las grandes de nuestra lengua, conecta con las anteriores en su firmeza, su coherencia vital y su valentía en pleno territorio del patriarcado literario y social. Por lo tanto, aplaudamos a Elsa López porque nos estamos reconociendo como sociedad, y leamos su abundante bibliografía en varios géneros, aunque yo recomendaría a los neófitos empezar por su poesía. Y de paso, es buen momento para mirar a nuestro alrededor y apreciar la labor literaria de las mujeres, que merecen ser visualizadas. Claro que hay escritoras buenas y menos buenas, igual que en el reino intocable de los varones, pero la transcendencia literaria debe medirse por la propia obra, no por el sexo de quien la escribe. Y como hoy es Santa Teresa, y celebra su onomástica y su cumpleaños la escritora Teresa Iturriaga Osa, no puedo terminar estas líneas sin unirme a la felicitación jubilosa por su literatura, como la de tantas mujeres escritoras, que admiro porque suele ir unida su calidad humana con el valor de su obra. Felicidades.

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