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La verdad puede eclipsarse
pero no extinguirse.

Tito Livio


La verdad puede eclipsarse pero no extinguirse
Así que no me mienta,
tarde o temprano se sabrá que no es usted IMG_8006JJJ.jpg
un Brunetti auténtico.

Se apellida usted Brunetti, sí.
¿Es acaso de los Brunetti importadores?
¿de los Brunetti farmacéuticos?
¿canónigos?
¿banqueros?
¿nooo?
¡Entonces usted no es un Brunetti!

Al menos no es un Brunetti con legitimidad.

Hay Brunettis arrieros,
descargadores del puerto,
panaderos,
gente baja.

¡Ah! Que es usted magistrado de la Audiencia.

Sí, pero su padre fue asalariado,
un hombre sin rango.

No es usted uno de los nuestros,
carece de sangre noble,
y por lo tanto debo denegar
su solicitud para ser miembro
del Club de los Próceres.

¿Tiene hijos?
¿Dos? Dígales
que pueden pasar a hacerse socios.
¿Qué el varón solo es enfermero
en un ambulatorio
de la Seguridad Social
y la niña monitora en un gimnasio?

No importa que sean asalariados.

Aunque fuesen taxista,
auxiliar administrativo
o camarera,
son de buena familia.

Usted no es de los nuestros,
ellos sí,
tienen rango: por sus venas
corre sangre de un prócer.

Tenga en cuenta que son
hijos de un magistrado de la Audiencia.

Usted no.

Como hoy es 14 de abril, rescato de la novela El tren delantero,


un relato tricolor, que dio en llamarse


El chico del Volkswagen.

***

Supe que eras tú aquella noche de diciembre, después de que tu amiga, la que parecía estar loca por las manazas de mi amigo, se negara a decirme quién eras. No importaba, yo estaba seguro de que eras tú en el momento en que te ibas con el grupo de tu clase, que acababa de cantar el villancico más deslucido del concurso. Durante los días que siguieron, y hasta las vacaciones de Navidad, te esperé, sentado en mi maltrecho Volkswagen, delante de la escalinata del edificio por donde tú salías y te difuminabas entre una turba de estudiantes apresurados.

El último día de clase antes de las vacaciones, bajé del coche al verte salir. Me presenté torpemente (dije no sé qué de tu amiga y de las manazas de mi amigo); tú fumabas el último cigarrillo furtivo y prestado antes de llegar a casa y entrar en el cuarto de baño a enjuagarte la boca con la legítima colonia francesa Soir jeune, fabricada en Barcelona, imitando a Escarlata O'Hara, para que desapareciera de tu boca el olor a nicotina. Temía tanto una respuesta, cualquiera que fuese, que solo me atreví a preguntarte a dónde ibas los domingos por la tarde. "Descúbrelo", dijiste, y entré enseguida en un juego hermoso y pleno de angustia. Me lo habías planteado sin darte cuenta, aunque ambos intuimos que las reglas estaban dictadas y que en cuanto te encontrara empezaría otro juego, distinto, pero igualmente bello.

flor bndera.jpgDomingo tras domingo hice la ronda por todos los lugares de la ciudad donde yo suponía que debías estar. Muchas veces encontré tu rastro, a otros componentes de tu grupo y hasta a tu amiga, la que parecía estar loca por las manazas de mi amigo, pero tú siempre acababas de irte a buscar un nuevo escondite. Los lunes, cuando indefectiblemente pasabas junto a mi coche, sonreías, y tus labios dibujaban al principio un sigue buscando, luego un date prisa y, a finales de marzo, los diecisiete años de tus ojos agudos se unían a tu sonrisa para gritar un encuéntrame, por favor. Admirabas mi tesón, sin embargo te decepcionaba mi ineficacia. Mas no hacías concesiones, el juego se había establecido a muerte y un jugador de ley respeta las reglas con todas sus consecuencias.

Decidí entonces buscarte todos los días de la semana y procurar la colaboración de mis amigos. Sin faltar al juego, empleé todas las armas a mi alcance. Por fin, el jueves trece de abril, mi amigo, el de las manos grandes, me dijo que había oído comentar a los de tu grupo que desde la biblioteca pública irían todos a bailar al Saxo, probablemente la única discoteca de la ciudad donde yo no había mirado. Mi amigo me lo dijo en el mismo momento en que me entregaba una bandera republicana para que la colgase de una farola frente a tu Escuela, como acto de protesta contra el tirano que había cercenado la república que, en celebración prohibida, recordábamos al día siguiente como símbolo de libertad y democracia. El catorce de abril, en los lugares más concurridos de la ciudad, aparecerían los tres colores republicanos como un desafío. Guardé la bandera en el maletero de mi Volkswagen modelo escarabajo, encima del depósito de gasolina, que estaba delante, un depósito viejo y peligroso, que salpicaba por el defectuoso cierre en cuanto el coche se movía.

Enseguida me encaminé hacia la discoteca. Entré cuando ya casi te ibas, y al verme te pusiste de pie y me miraste con expresión de alegre perdedora mientras tus ojos decían ya era hora, estaba impaciente. Sin palabras, entramos juntos a la pista a bailar una canción lenta de Elvis Presley. La suerte estaba echada. Nada dijimos, y era evidente que con el final del primer juego había comenzado el siguiente. A las nueve te dejé cerca de tu casa, no fueran a verte bajar del coche y le llevaran la novedad a tu padre. Te dije que en la madrugada colgaría la bandera republicana en la entrada de tu Escuela, y al instante dijiste que te fuese a buscar a las doce al mismo sitio. Aparentemente fue un acto de irresponsabilidad por mi parte, podrías delatarme a la policía del tirano, pero yo estaba seguro de que no. Entonces, ya confiaba en ti.

Fuimos puntuales, después de que yo anduviera sin rumbo por la ciudad durante las tres interminables horas que faltaban, y tú te entretuvieras echando aceite furtiva de máquinas de coser en las bisagras de tu casa para que no chirriasen y descubrieran tu salida nocturna. Llegamos a la puerta de la Escuela y estimamos que era demasiado temprano para la subversión. Sentados en el coche, hablamos, fumamos de mis cigarrillos y nos besamos por primera vez.

Hacía frío. Tiritabas, acaso tanto por el escaso abrigo que llevabas en tu escapada como por aquellos primeros besos después de tantos meses de juego esperanzado y angustioso. Abrí el maletero y saqué la bandera, que olía fuertemente a gasolina. Le hice varios dobleces y, para protegerte del rigor de la madrugada, te envolví en ella, como a las heroínas. Dejaste de tiritar, no sé si por el abrigo de la bandera o si porque ya ibas acostumbrándote a mis besos. Seguí besándote mientras sentía latir tus senos adolescentes bajo la franja malva de la bandera. Tus manos se movían levemente sobre tu cintura prisionera del amarillo, mientras el calor de tu pasión adolescente traspasaba el rojo de la tricolor en el comienzo de tus muslos. Este era un nuevo juego, también vibrante, pero otro.

444420160825.jpgEran más de las tres cuando te devolví a la legalidad de tu dormitorio, aunque tu cuerpo llevaba impregnado el sabor de mis besos y los noventa y seis octanos de la gasolina. Mi boca sabía a Soir jeune mezclada con tabaco mientras juntos colgábamos de la solitaria farola la bandera republicana, aquellas tres franjas que arderían apenas amaneció, cuando la policía hizo limpieza de violetas por toda la ciudad.

Nuestro amor será siempre republicano, como una memoria alargada con sabor a tabaco furtivo y colonia de Escarlata O'Hara, una memoria penetrante como el olor a gasolina y un recuerdo palpitante del tacto malva de tu cuerpo. Tú eres mi república eterna, porque aquel nuevo juego encadenó otro, y este otro a su vez. Definitivamente, es un solo juego sin fin, que comenzó bajo una farola solitaria durante la madrugada de un viernes, catorce de abril, embozados y emboscados tras una bandera tricolor.

COSAS MÍAS


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En todas las épocas ha habido distintos criterios sobre lo que es buena o mala literatura, obras útiles para desarrollo del pensamiento o que generan placer estético según gustos, pero, salvo rivalidades encendidas y hasta crueles como las de Góngora y Quevedo, o la mala leche que le surtía a Lope de Vega en cuanto le mentaban a Cervantes, o la pelusilla que tal vez tuvieron Virgilio y su contemporáneo Horacio, la gente que los leía no hacía de ello un asunto personal. Lo que hoy cambia las cosas es que antaño no había redes sociales y no sabemos qué discutían los admiradores de tan elevados artistas. Ahora es como una guerra, no solo entre algunos de quienes escriben, pintan o cantan, sino y sobre todo entre los seguidores, porque si eres de unos tienes que odiar a los de los otros, y comportamientos humanos de los artistas sirven para descalificar toda su obra, o bien criterios nuevos convierten a un autor pretérito en un apestado. En este pim-pam-pum han recibido hasta en el velo del paladar celebridades que han escrito, pintado o compuesto obras cimeras. Que si fueron filonazis, o nazis directamente, que si les bailaron el agua a Stalin o que fueron rebeldes de salón que sirvieron de coartada al sistema. Y se forman bandos, en los que elevan a la divinidad a determinados nombres porque se supone que crean lo que cada cual quiere, o bien ni siquiera pesa su obra, sino porque milita en el mismo pensamiento expresado en entrevistas conferencias o sacadas de las hemerotecas si ya ha fallecido, o por sus conductas personales ajenas a su obra. Por el contrario, y por las mismas razones aleatorias, así, de repente, Nabokov se ha convertido en un pederasta, Simone de Beauvoir en una indeseable, Louis-Ferdinand Céline en un colaboracionista, García Márquez en un castrista y Herman Hesse en un nazi, sin atenuantes. Da igual si han escrito Viaje al fin de la noche o El segundo sexo, han pintado El Guernica o Las hilanderas, han filmado Annie Hall o Tess, han esculpido El Pensador o han compuesto La Pastoral. Y digo yo que tal vez pudieran ser ciertas algunas de estas afirmaciones, o todas, pero entonces, sea por su biografía o por el pensamiento que transmiten algunas obras (siempre interpretable según los colores del cristal), ya podemos dar por liquidada la cultura universal, y nos preparamos para prescindir de obras maestras de la literatura, la pintura, el cine, la música y hasta de los cómics y anuncios publicitarios que han marcado épocas. Si no fuera tan escandaloso y triste, daría risa que las voces que exigen la censura de unas obras o unos nombres sean a menudo las mismas que claman por la libertad de expresión.


En diciembre, sin que sus argumentos tengan relación con la Navidad, se ha convertido en una costumbre que, si no es una cadena de televisión es en otra, nos coloquen Lo que el viento se llevó, Pretty Woman o ¡Qué bello es vivir! Es como un tic, y ya suena a chiste que, en Semana Santa, siempre aparezcan las inevitables películas de romanos, que pueden serlo o no, porque, para el público de este género, romanos son todos los pueblos, imperios y personajes de la cuenca mediterránea en la antigüedad, tengan o no que ver con la pasión de Cristo.

Foto modeloty.jpgSi quieren hacer cine temático, puede entenderse que emitan La historia más grande jamás contada, Rey de reyes o el Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli (por cierto, las tres con Jesucristo rubio y anglosajón), o bien Barrabás, por ser un personaje que aparece en los Evangelios como alternativa a la liberación de Cristo, Ben-Hur (casi obligatoria), que está basada en una novela cuyo título es Una historia del tiempo de Cristo, y se escenifica la subida al Gólgota, la crucifixión y la muerte del Nazareno, o incluso La túnica sagrada, que, además del tener relación con el tema, participa en ella nada menos que Víctor Mature, el más inexpresivo rostro del cine (él decía que no se consideraba actor), pero daba el tipo de forzudo, gladiador o ayudante del Richard Burton de turno.

Lo que ya es un disparate repetido durante décadas y ahí vuelve otra vez, es que cualquier película que tenga que ver con el mundo antiguo sea colocada con inexplicable oportunidad cada Semana Santa. Porque ¿qué relación tienen con Jesucristo o el Cristianismo títulos como Cleopatra, El coloso de Rodas, Ulises, La caída del Imperio Romano, Los últimos días de Pompeya, Julio César (la buena, la de Manckiewiz), Espartaco, Rómulo y Remo, ¿Quo vadis?... Y aunque sean de tema bíblico, nada tienen que ver con Cristo y su nueva doctrina contraria al "ojo por ojo" del Antiguo Testamento cintas como Sansón y Dalila, La Biblia, Sodoma y Gomorra o Los Diez Mandamientos (otra fija en esta época). Entre las nombradas hay de todo, desde películas malísimas a medianías e incluso obras maestras. Esta costumbre de relacionar Semana Santa con películas de romanos sigue ahí; pero, con toda la pesadez que significa que nos repitan las mismas historias sin un criterio mínimamente defendible, lo que más nos retrotrae en el tiempo no es que vuelvan a programar Gladiator, sino que el Viernes Santo cierren los bares por decreto. Y eso sí que me preocupa, porque siempre se puede cambiar de canal, pero lo otro empieza a significar otras cosas que dan miedo.


3r56.jpgQue se celebre cada 21 de marzo el Día Mundial de la Poesía seguramente indica que se le presta poca atención. En general, se entiende la poesía como algo endeble y propio de personas pusilánimes y extraviadas de la realidad. Es falso, la poesía es expresión de fortaleza que nace de las almas fuertes y apela a la humanidad, a la inteligencia y a la sensibilidad. ¡Ah, qué triste equiparar sensibilidad con languidez, debilidad y cursilería! Si algo no es remilgado en el mundo es la poesía, que nunca consiste en apilar versos que suenen o que incluso estén tamizados por cien diccionarios; la poesía es otra cosa y aparece en los versos, pero también en la prosa, en cualquier acto creativo en incluso en la vida cotidiana. Porque se trata de una forma de mirar, es el microscopio del pensamiento, el bisturí que transforma a los seres humanos. Poesía es entablar relación de igualdad con personas afectadas por el Síndrome de Down, que también celebra hoy su Día Mundial. ¿Hay algo más poético que la comunicación entre seres humanos? Desde la poesía se crea belleza, pero no solo la belleza puede ser poética. Así que hoy felicito a la gente que hace poesía amasando pan, cuidando a un anciano, contando una historia, barriendo una calle, enseñando a quien no sabe, transmitiendo los tres focos de luz de la poesía: humanidad, inteligencia y sensibilidad. Y, cómo no, felicito a quienes, escribiendo versos, a veces también hacen poesía.


En la novelas del oeste de quiosco de Marcial Lafuente Estefanía aparecían con frecuencia predicadores de religiones extrañas y vendedores de crecepelo. La muerte de Stephen Hawking ha vuelto a desatar incluso en la prensa supuestamente seria el advenimiento de charlatanes varios que encuentran relaciones cósmicas en que el científico haya fallecido el día del número Pi (π) que es también en el que vino al mundo Albert Einstein y, además, naciera el día del 300 aniversario de Galileo. Cruzan situaciones y parece que todo está escrito, como los paralelismos que se encuentran entre los presidentes norteamericanos asesinados Lincoln y Kennedy, aportando algunos datos reales y otros de muy difícil comprobación, o las especulaciones esotéricas alrededor del atentado de las Torres Gemelas. Y, claro, se convierten en memes y circulan con profusión por las redes. Vamos, como embaucadores de novelas baratas del oeste.

pi1.jpgEn mi opinión, son meras casualidades, en las que no se tienen en cuenta otros datos distintos a los que interesan para montar la ecuación, o una obviedad que suele olvidarse como que el calendario en vigor es arbitrario en sus divisiones de meses y los días de que se compone cada uno, o que, incluso, si se tira de fechas muy lejanas ni siquiera coinciden los días porque ha habido varias modificaciones a lo largo de los siglos. Al ver la coincidencia en la fecha de mi nacimiento con personajes que también nacieron o murieron esa misma fecha (que es el sistema que manipulan estos apóstoles de la confusión), yo tendría que estar buscando esos lazos universales, y tendría que morir joven como Carole Lombard o anciano como Bette Davis, que debo ser aviador como Roland Garrós o tenista como el torneo que lleva su nombre, o si debo lavar mis camisas a manos (o no) por coincidir en la fecha con George Westinghouse, primer fabricante industrial de lavadoras. Y la conclusión a la que llego es que todo es un enredo verbal sin pies ni cabeza, sin lógica y con fiabilidad cero. Solo una coincidencia encontré que determina una certeza: al haber nacido el mismo día que un renombrado emperador del Sacro Imperio, es seguro que llegará un día en el que, como todo el mundo, perderé el pelo, pues el tal monarca no es otro que el conocido como Carlos el Calvo. Y lo demás son mandarinas, que en China son llamadas naranjas del país; es decir cuentos chinos en los que, encima, no hay chino.

COSAS MÍAS

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No estás todas las que son, pero sí son todas las que están.
COSAS MÍAS


Amar lo que haces es amar a los demás.

(Anónimo).

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COSAS MÍAS


Inteligencia, trabajo y conocimiento.

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triooo.jpgCuando uno lee o escucha estas cosas, se pregunta si quienes las dicen saben qué significan y lo nítidamente que quedan retratados. Ejemplos hay muchos, pero he escogido tres porque casi parecen parodias extraídas de un monólogo humorístico, y aunque está uno tentado por la risa, es mayor la pena, el asco y la indignación ante palabras tan reaccionarias.

El primer componente del trío es el obispo de San Sebastián, que ha dicho sin encomendarse a Dios o al diablo (creo), que las feministas llevan el demonio dentro. Digo yo que será para que no coja frío, con ese invierno tan duro...

El segundo del trío es el Gobernador del Banco de España, al que por lo visto le parece que los pensionistas que tengan vivienda propia van servidos. Es que ya la gente ni sabe ser pobre como Dios manda. Menos mal que este señor nos lo aclara.

La tercera del Trío es la presentadora de televisión Ana Rosa Quintana, que en un ataque de clarividencia ha dicho que ella apoyaría la huelga femenina del 8 de Marzo si no tuviera ideología. Un huelga sin ideología, ese sí que es un invento; supongo que ya está trabajando en otras innovaciones, como la paella sin arroz o el hielo caliente.

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