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Desde que nos conocimos, una tarde de otoño de 1982, no recuerdo haber hablado nunca en serio con Dolores Campos-Herrero. Desde que nos conocimos, en la vieja redacción del Canarias7, mantuvimos una comunicación humana y literaria fluida, transparente y cómplice. Ambas afirmaciones parecen contradictoria, pero no lo son; por alguna razón que ambos desconocíamos, usábamos entre nosotros un idioma que solo tenía dos hablantes, que sonaba como el castellano normativo pero en cuya ejecución nada era lo que parecía. Sin embargo, el otro siempre entendía. Nuestra lengua común fue la ironía, usada unas veces con elegancia florentina y otras como la más pura esencia del sarcasmo.

Fotos pruebalola77.JPGCon esas cabriolas lingüísticas mantuvimos una relación permanente que duró toda la vida común que nos fue permitida, 25 años en los que no tengo memoria de una traición, un malentendido o siquiera un leve contratiempo. La sonrisa presidía nuestras conversaciones en esa lengua imposible (para los demás), que usaba las palabras siempre con otra semántica. La carcajada nunca se presentaba, no es buena compañera de la ironía, que siempre se mantiene en posiciones moderadas aunque por dentro sea una bomba que incluso estalla. No nos veíamos con demasiada frecuencia, a veces pasaban meses sin vernos ni hablarnos, pero daba igual, cuando nos encontrábamos nos informábamos en nuestro idioma exclusivo. A veces no nos dábamos cuenta de que había otras personas con nosotros y armábamos nuestros castillos de palabras propias, y nos ocurrió en ocasiones que los presentes llegaron a pensar que discutíamos, o que nos hablábamos con enfado. Y nunca era así.

Vivimos muchas aventuras literarias juntos, cada cual en su registro, solo teníamos en común nuestro idioma hablado. Ella veía nacer mis novelas y las saludaba, mientras yo asistía a su primer poemario y sobre todo a sus sucesivas publicaciones de narrativa de breve formato, hasta llegar a condensarla en microrrelatos fascinantes. Aparte de sus poemas, que no pueden quedarse al margen por su fuerza expresiva, su obra narrativa hoy publicada es sin duda uno de los corpus cuentísticos contemporáneos más interesantes que conozco, no solo en el ámbito de Canarias, y que sin duda irán pregonando el nombre de Lola por toda la lengua y más allá, sobre todo cuando se hacen ediciones tan esmeradas como esta que publica ahora Ediciones La Palmas de Historias de Arcadia y otros cuentos.

No sé si dejó inédito algún texto de larga extensión, pero desde luego, lo mismo que a ese Borges que ella admiraba, no se le echa en falta una novela para entrar en sus mundos, que finalmente era uno solo, una ficción que metaforizaba al ser humano de cualquier tiempo, como un mito actual que explica a los griegos, a los chinos o a los britanos, lo mismo que hoy aquellos mitos antiguos nos explican a nosotros. El mundo literario de Lola es singular, y supongo que su total de cuentos iremos viéndolo formando incontables libros distintos según la selección que haga cada antólogo. Eso es una suerte, como ocurre con los cuentos de Cortázar, que se prodigan en tantos títulos como relatos escribió. Y cuando se conoce la cuentística de Lola, se conforma un mundo único y especial que irá extendiéndose como una luminosa mancha de literatura.

Hoy, en el suplemento cultural Pleamar del periódico Canarias7, se ha publicado un especial dedicado al desaparecido poeta Carlos Ramos, con un artículo del poeta Javier Cabrera y otro del titular de este blog, una muestra de poemas de Carlos Ramos y una ilustración realizada para ello del artista Asmir Pozderovic "Asko".

Carlos Ramos, el poeta rescatado

Por Emilio González Déniz

Libro de Carlos Ramos.jpgSalvo sus amigos más cercanos y un reducido círculo alrededor de estos sabe de Carlos Ramos, un poeta que nació en Telde (Gran Canaria) en 1957 y desapareció por voluntad propia en 1979. Pasó por la vida como un relámpago, pero dejó la huella profunda de su talento. Su actividad literaria abarca los últimos cinco años de su vida (1974-1979). Su partida dejó a sus amigos perplejos y confundidos; conocían el enorme talento natural del poeta y desde entonces trataron de recuperar esa obra manuscrita dispersa e inédita, en manos de unos y de otros. Poco publicó en vida, aparte de algunas cosas en revistas y suplementos (varios poemas en la revista Ajoblanco, entonces de gran incidencia literaria en toda España), y algún texto dramático representado por grupos teatrales que entonces trataban de encender una llama después de la larga noche de la dictadura. Desde entonces, hubo varios intentos para dar a conocer su obra, pero nunca llegaron a cristalizar.

Por fin, sus amigos lo han conseguido, antes de que papeles volanderos aquí y allá fueran diluidos por el tiempo, el extravío o el olvido. La mayor parte del trabajo ha recaído en los artistas plásticos, escritores y amigos Alfonso Crujera, José Medina Hernández, Agustín Hernández, Ángel Sánchez y Javier Cabrera, pero han sido muchas las personas que han puesto su empeño, desde el intercambio de fotocopias al paso al teclado de lo que estaba manuscrito. Patronos y colaboradores han hecho posible que se reúna la obra del poeta en la colección Biblioteca Carlos Ramos, que sale bajo el sello de Ediciones OK en cinco tomos desde ahora a 2019.

Es muy evidente que la recuperación de la memoria del poeta es la hermosísima historia de una amistad indeleble de un grupo de artistas en distintas materias, pero sobre todo es un ejemplo de la necesidad de dar a conocer un legado literario importante. Como dice Ángel Sánchez en el prólogo, nunca sabremos cuál habría sido la trayectoria literaria de un autor que murió a los 22 años y dejó una obra importante y muy personal. Quién sabe si se habría proyectado muy arriba con una obra in crescendo, se habría convertido en uno más de los que formaron la Generación del Silencio, o incluso si ese silencio habría apagado su luz definitivamente como ha ocurrido con otras voces que no aguantaron la dura travesía del desierto. También es verdad que ninguna de esas brasas convertidas en cenizas fue tan tempranera y tan luminosa como la del malogrado poeta teldense.

Lo que sí sabemos es que Carlos Ramos tiene hoy un lugar en nuestra historia literaria, y es una novedad leer ahora por primera vez poemas que llevan cuarenta años a la espera de ser alumbrados. Y la impresión de esa lectura es la de que estamos ante un poeta que permanece, que no es una curiosidad arqueológica, sino un poeta vivo, actual, eterno.

Consta este primer tomo de la Biblioteca Carlos Ramos de un poemario, O la luz tiene huellas en su frente, de dos opúsculos con vida propia, Dejad que los muertos entierren a sus muertos y Poems for descargas, y de dos pequeñas colecciones de poemas. La injusticia, el dolor y lo eterno sobrevuelan todas las páginas de este libro, con la voz firme del poeta que indaga en lo ignoto, lo oculto, y que habiendo acumulado un miedo pavoroso a lo desconocido, acaba perdiendo toda prevención para desafiar ese miedo hasta anularlo. Sus versos son infatigables surtidores de imágenes polisémicas que nos muestran varias dimensiones del mundo.
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Carlos Ramos. Su poesía a día de hoy

Por Javier Cabrera


La selección de poemas que aparece en esta página es una pequeña muestra de la obra poética que Carlos Ramos produjo entre los años 1974 y 1979, periodo de máxima actividad creativa hasta el año de su fallecimiento, con apenas 22 años. Estos poemas en concreto datan del año 1976. Hablamos entonces de un poeta que, nacido en 1957, cuenta en ese momento con sólo 19 años. Sorprende, así, la concentración de imágenes en sus versos, la unidad de criterio en su concepción lírica y la madurez en un sostenimiento continuado del pensamiento. La suya fue una poesía de orden vital, con características tales que la hicieron pivotar entre el experimentalismo de la época -cierta asunción de Paul Celan-, la actitud desaforada de Alejandra Pizarnik -poeta de cabecera en más que contadas ocasiones- y cierta constancia de los últimos ramalazos de la condición surreal, rayando a veces, por qué no explicitarlo, en una deriva que le empataría -como vislumbra el poeta y ensayista Ángel Sánchez- con la radicalidad lúdica de cierto Artur Rimbaud. Pasemos, entonces, a leer esa muestra.

Es, Carlos Ramos, indiscutiblemente, un poeta de su tiempo, tanto que, tras casi cuarenta años de permanecer su obra ajena a una lectura consciente, al retomarla, caemos en la cuenta de dicha premisa apenas avanzamos en la lectura de sus versos. Viene esto a decir, y confirmar, que su obra goza de la actualidad más inmediata de una escritura puesta al día. Nos produce satisfactoria alegría que su poesía parece haber sido escrita apenas días antes de ser leída a día de hoy. Lo que viene a concluir que su obra, tras esos casi cuarenta años desde su muerte, está tan al día que pregona entre sus líneas la actualidad más cenital.

Los poemas aquí reproducidos pertenecen al Primer Tomo de una selección de su obra que abarcará 5 libros y que se editarán bajo el titular genérico de Biblioteca Carlos Ramos.

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CR-Ilustracion de Asmir Pozderovic (ASKO).JPG

Poemas

-1-
V
La palmera bañada de viento
recogió su figura hasta quedar en
un otoño blanco:
quemar la forma en vida fugaz
que se cuelga
columpiándose en las barbas negras
de los antepasados no gloriosos.


-17-

Estoy a punto de estallar en el lenguaje del silencio
a desgajarme entre el espacio separado de los dos
yo
yo
Presiento que cuando te encuentre encontraré la muerte
Presiento que cuando te encuentre encontraré la vida
Encontraré el secreto de tu búsqueda entre el respiro de la arena
y entre los huracanes
del silencio cuando estalle entre las vidas
y rompa la costumbre de los tiempos al ruido de mil ojos
Reprendo mis acciones y acabo hecho pedazos por
el fuego, que me entierra en el viento para no pararme en el camino
encerado que conduce hasta el silencio
abierto por las gotas del rocío
Me dejo llevar hacia la noche
En el rito de amor desconectado por la luz
en el baile de la hoguera resaltada

(Del libro O la luz tiene las huellas en su frente, 1976)

En el panteón familiar
Resopla el viento
Como si quisiese
Recordarnos
Las tardes que pasamos
con las manos unidas
y los ojos sangrando metal
Ahora se nos quedó la palidez
entre los labios
y dejamos los úteros vacíos


Con el elixir del resorte
que zozobra por el polen
mancha a los hombres
Que en las esquinas
Rompen a llorar guijarros
Como tiernos
Alelíes de cristal
y se desembocan
como caballos
de plástico
Entre la humareda de los autos.


Con los rostros pintados por las aceras
Te fuiste y me quedaron las lágrimas
En el pensamiento
Rizos de metal
Rizos de acero que
me ruborizaron la noche
erecta por la luna

(Del libro Poems for descargas, 1976)


Prólogo del poemario La arena bajo la espuma, de Graci Bordón Artiles.

La arena bajo la espuma, más que un título es una línea de pensamiento, una visión del mundo, las cosas y la vida. Cuando terminas el libro sabes que ha de llamarse así y solo así. Ese último verso del último poema es como la suma total de una factura. Cierto es que el título debe contener al menos una idea conjunta de un texto, sobre todo si es poesía, pero no siempre define de un trazo el discurso de un poemario. En este caso sí, porque en cada una de sus aristas esa espuma de inquietudes, miedos y dudas, encuentra la solidez de la arena, que no es firme pero es esperanza porque "acabando la noche vuelva el alba".

Graci Bordón Artiles es el ideal de Borges, quien decía estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Esa larguísima travesía por las palabras que "son las voces que habitan en los libros" ha dejado un poso de conocimiento literario que hace que la poeta se exprese en cualquier tesitura, siempre encajada en el rigor de lo literario pero con la libertad de quien sabe que no existe más estilo que la propia fluencia de la palabra. Y responde al concepto de la Grecia clásica al entender la poesía como sinónimo de literatura, porque deja entrar en el verso lo épico y lo dramático, siempre bajo la sombra de la lírica que ve una luz al fondo donde "otra vez retoñarán las rosas".

Con tanta autoridad como sarcasmo, Octavio Paz vino a decir que el último movimiento cultural que ha existido es el Romanticismo, y que todo lo que ha venido después son variaciones a favor y en contra. No pretendo rebatir a Paz, entre otras cosas porque él era muy capaz de rebatirse a sí mismo, pero sus palabras sirven como un guante para explicar los mimbres con los que, técnicamente, se construyen estos poemas. Surgen el soneto clásico, el alejandrino que resuena como el mar contra un rompeolas, el verso libre, y siempre la libertad y el rigor de la lectora/poeta que destila sus poemas tal como vienen del manantial.

imbbbg058.jpgVivimos un tiempo en el que hay corrientes poéticas de distinto signo. Desde las nacidas en las redes sociales que generan ventas fabulosas entre un público adolescente y que no suele distinguir un soneto de una silva y no nota la inexistencia de imágenes, hasta las hiperintelectualizadas que tratan de afiliarse a la transmodernidad y que suelen encabezar los libros con citas de Jameson, del controvertido Zizek o de Bauman, para adscribirse a la modernidad líquida, donde el lector medio trata de orientarse para saber si se mueve en la filosofía, en la sociología, y a menudo se olvidan lo más esencial, la poesía.

Pero también hay poetas rigurosos que dejan correr el agua de las ideas por el cauce más evidente, la naturalidad, que no el naturalismo. Esa naturalidad con que entra en distintos registros es por derecho un estilo, el estilo de Graci, la palabra con la que nos dice: "Llevo a cuestas mil rémoras desde antes de la vida", porque la vida que nos cuenta no empieza cuando nació, sino cuando el ser humano comenzó a pensar y a interpretar lo que sentía. Sabe de la levedad de la vida y de la intranscendencia de lo humano en la inmensidad del tiempo y el espacio y por ello sabe que, en el mejor de los casos, todos seremos "la medianoche de cualquier noche".

Con los aparejos de la filología y esos libros leídos de los que Borges se sentía tan orgulloso, los versos de Graci Bordón Artiles nos llevan de la mano por la vida -las vidas-, y nos trasladan su vínculo con los afectos que casi siempre fueron y trata de rescatar escarbando en la memoria de la desmemoria, porque esa vida a veces tan complaciente, también puede ser "un francotirador que apunta a la belleza / y la liquida /de un tiro entre las cejas". Son las ausencias que vuelven a hacerse presente, ora como remanso apacible, ora como cascada impetuosa. Lo femenino es como un ideal que no debiera necesitar militancias, pero nuestra civilización ha ido construyendo una serie de mitos falsos que casi siempre van en detrimento de la igualdad de todos los seres humanos. Sin rabia, pero con firmeza, se nos muestra "la mujer, la niña, la muchacha, / continuamente otras y una misma". Esos tiempos reivindican la condición humana por encima de todas las ideas y manipulaciones que ha diseñado nuestra milenaria cultura.

Estamos por lo tanto ante un poemario que es una fuente que surte en un patio, alrededor del cual nos cercan el dolor, el amor, la ausencia y la esperanza. La soledad aparece solo dos veces, para ser conjurada o cuando ya no está. En realidad, no se alude a ella porque todo el libro es la definición de que cada ser humano nace y muere solo, pero entre tanto está la vida. Y ese romanticismo que añora lo imposible levanta edificios con cimientos de utopía, columnas de ilusión y ladrillos de fantasía, armando el verdadero mundo real que habitamos: "Sí, seguiré soñando con ficciones y sombras, / hallaré en los rincones un beso que no existe". Y sí existe, porque al final la imaginación es la única propiedad intransferible que poseemos.

Con la anuencia de Paz y Borges, leer La arena bajo la espuma es mirarnos en un espejo.

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Emilio González Déniz. Canarias 2017.

El mito de la caverna es una narración que se encuentra en La República de Platón. Seguramente, con sus cimientos filosóficos, mi amigo Rubén Benítez Florido la explicaría mucho mejor que yo, por lo que desisto de explicarla pero sí que llamo la atención sobre la lección que nos da. Para quienes no lo conozcan, es muy fácil acceder a su contenido con los medios de que hoy disponemos y no necesita más allá de cinco minutos. Platón nos advierte sobre cómo percibimos la realidad, y sobre la necesidad de tratar de llegar al conocimiento de la verdad, que para el filósofo es el bien, y no de cómo esa realidad llega hasta nosotros convertida en un reflejo en la pared de una cueva a la luz de una hoguera. La percepción de la realidad hace que vayamos asumiendo una creencia sobre algo que muchas veces no se corresponde con la verdad, y nos resistimos a aceptar ese cambio de paradigma, porque nos han llevado a entender falsamente que cambiar nuestra concepción sobre las cosas es fracasar.

IMG_5955yy.JPGRecuerdo este mito platónico porque en estos días de informaciones, bulos, mentiras y manipulaciones sobre los que sucede en Cataluña, el mito de la caverna se hace presente porque vemos claramente cómo esos conceptos que tenemos sobre las cosas se resisten a cambiar, aunque alguien nos lo muestre como realmente son. Claro, quien nos lo dice, está a su vez sometido a su percepción de la realidad, con lo que vivimos en una especie de reacción en cadena donde no podemos estar seguros de nada. Lo digo porque me resultan tan irritantes como ingenuas muchas de las opiniones que leo y escucho en estos días. No hablo de quienes siempre tratan de pescar en río revuelto arrimando la brasa a su sardina, hablo de las persona de buena fe que están convencidas de una cosa o de su contraria, y de cómo se valen determinados intereses de ese mito que llevamos en el inconsciente, que se resiste a cambiar y que se manifiesta en todo su esplendor positivo o negativo a poco que lo alienten. Si no existieran esas convicciones previas que provienen de una percepción determinada de la realidad, sería imposible que aflorasen actitudes tan contundentes, casi siempre defensivas porque entendemos que están cruzando la línea roja de nuestra concepción de las cosas. Bien que saben eso los partidos políticos, los movimientos organizados y los medios de comunicación que utilizan esa memoria inconsciente para tratar de llevarse el agua a su molino. He traído hasta aquí la evocación del mito de la caverna porque lo que nos dicen unos y otros son como sombras que se proyectan en la pared de una cueva, y que casi nunca se corresponde con una verdad que, si la conociéramos a fondo y a plena luz, tal vez cerraríamos los ojos por miedo a deslumbrarnos, porque la verdad a menudo es más dolorosa que el mito que hemos aceptado como real.


La he visto de cerca, y es la sobriedad, con una parsimoniosa cadencia de ballet en sus manos; viste con la sencillez de la elegancia innata, y mira con distancia, como solo saben hacerlo las damas del éter. Es hermosa, atemporal, con apariencia de pantera negra que se sabe dominadora de su territorio aunque no mueva un solo centímetro de su piel. Posee lo que los ingleses llaman un toque de distinción, pero se percibe que es humana, que hay cosas que pueden agredirla, que es tan vulnerable como cualquier otro animal de tierra. Siente, ama, ríe, llora, duda y teme como cualquier mujer, y se llama Cristina María del Pino Segura. La veo salir a la pista entre las lonas de la carpa. Oigo a un maestro de ceremonias que dice palabras que la enaltecen mientras redoblan los timbales del ¡más difícil todavía! Me cruzo con ella, todavía es humana, veo la duda en su rostro y el miedo en sus ojos. Es elegante, distinguida, pero sigo percibiendo un halo de vulnerabilidad, una prevención gatuna que la pone a la defensiva porque sigue siendo una mujer.

Pinito del orooo.JPGLa sombra femenina escala el circo. Los timbales redoblan con más fuerza, y el hombre de chaqué dorado que la presenta pide silencio, porque peligra la vida de la artista. Ya está en la cofa del circo, esperando el momento de asirse al trapecio balanceante, que viene y va a sus pies. Desde abajo, aún la noto dudar, la veo mujer, pantera negra que defiende su territorio. El corazón del circo es un puño, solo ella ríe, volando hasta agarrarse al balanceo del trapecio. Es entonces cuando recae sobre ella una luminaria. Se encarama en el trapecio, desafía a Newton, empieza a transformarse. La luz se vuelve dorada, y la mujer la absorbe hasta que de ella emana una resplandor áureo, cegador, imposible. Ya no es humana; no se perciben en ella rasgos felinos, ni dudas, ni miedos. Es dueña del espacio, no necesita luz, ella la emite, es una estrella, una diosa del aire. Todo es oro sobre el trapecio, la elegancia se ha tornado divinidad, la incertidumbre es ahora dominio absoluto del éter, el aire se arrodilla, tiranizado por la levedad de un cuerpo que vuela sin alas. Cientos de ojos permanecen clavados en la trayectoria balanceante del equilibrio imposible. Nadie tiene miedo, saben que la ley de la gravedad ha sido anulada por el poder de una diosa dorada, que antes fue una mujer, Cristina María del Pino Segura, pero que ahora, que ya es eterno resplandor y aúrea levedad, solo puede llamarse PINITO DEL ORO.


3ffttt.JPGCuando de las relaciones políticas e institucionales desaparecen el diálogo y la negociación, surge el encono. Si lo que arbitra estas relaciones es la ley sin más, crecen los muros. La ley es el pilar de todo Estado de Derecho, pero la política es la que viste el entendimiento, y aquí no ha habido política. Si un sector muy importante del pueblo quiere hacer oír su voz y solo se le devuelve el eco de la ley, surge la tentación de pasar por encima de ella. Cuando se entra en la ilegalidad política, siempre hay tiempo para evitar que sea solo la ley el argumento. Es obvio que las instituciones de Cataluña han incurrido en ilegalidad; este es un gran problema que no se resuelve solo con la ley, que, además, puede ser interpretada de muchas maneras, porque pudiera suceder que, tratando de resolver una ilegalidad, se estuviera entrando en terreno jurídicamente pantanoso, porque de un artículo generalista de La Constitución se extraen conclusiones de urgencia que parecen olvidar que las instituciones catalanas nacen de las urnas. No se discute la legalidad de un artículo de la Constitución, pero flaco favor se hace a la historia e incluso al futuro unido que se pretende defender si el único instrumento es la ley desnuda. Por ello hay que insistir en que es necesario poner sobre la mesa todo lo que no se ha puesto durante años. La ley, a secas, es un argumento muy pobre -en este caso excesivo- y, además, inútil, porque no resuelve el problema.


cumplea e7y7y.JPGCuando alguien cumple años, habría que felicitar a su madre, porque fue ella quien se la jugó. Nacer no tiene mérito, se nace sin poner nada de parte de uno; algo más de mérito tiene morir, porque los humanos nos vamos fabricando la muerte; uno debiera tener la muerte que se ha trabajado, pero a menudo no es así, porque si no no morirían tantos inocentes. El verdadero mérito está en vivir, en sacarle el jugo a los veinticocho mil días de media que vivimos los humanos, y eso, sin molestar a nadie. En realidad habría que felicitar el cumpleaños sólo a aquellas personas que han sacado provecho a los años que contabiliza una vez cada otoño, o cada primavera. Por lo pronto, si alguna vez decido celebrar mi cumpleaños será porque empiece a considerar que el año vivido ha merecido la pena. Y quienes dicen que la edad está en el espíritu mienten como bellacos. Posiblemente la cifra que indica la edad es uno de lo grandes culpables de que mucha gente tenga mala relación con las matemáticas.


Aunque parezca que lo hago, no estoy hablando de Cataluña. Lo que quiero comentar es el cansancio que sobre este asunto agarrota a muchas personas que conozco. Cabría decir que somos unos blandos, que nos agobiamos por poca cosa, o bien que este asunto se alarga indefinidamente en el tiempo. Yo creo que no es por ninguna de las dos cosas, porque se han vivido momentos muy duros y también otros que se eternizaron, y hemos aguantado. Entonces la respuesta debe ser otra. Hace ya bastantes días me preocupó que me sintiera sobrepasado, pero pronto me di cuenta de que lo mismo está pasándole a otras personas. Y es raro, porque un hecho de este calado debería tenernos atentos; pero no, Fotos pruebauuu778.JPGse ha establecido una especie de intento de desconexión entre nuestros cerebros y el ruido que nos llega. Sé de mucha gente que, como yo, pasa directamente hasta de los envíos bienintencionados en clave de humor (chistes, memes, parodias). Los reciben y los borran sin mirarlos. Mi impresión es que lo que cansa no es el exceso de noticias, las distintas opiniones, los disparates que se gritan desde uno y otro lado; lo que realmente nos tiene quemados es que hemos empezado a percibir que lo que se hace, se dice, se grita o se mueve forma parte de una especie de juego, mezcla de escondite, ajedrez y póker, que se hace como espectáculo mediático, y que el verdadero juego es otro, del que desconocemos las reglas, los premios, el propósito y hasta los verdaderos jugadores. Es como el juego del bobo de nuestra niñez, en el que dos mayores se tiraban una pelota y el pequeño que estaba en medio nunca lograba cogerla porque pasaba muy alta. Y como todo esto es un arcano que nada tiene que ver con lo que nos llega, nos agota el constatar que lo ignoramos casi todo y nos negamos a que sigan haciéndonos luz de gas. Por eso, y constatando que en nada va a influir lo que pensemos o digamos (sobre todo porque no sabemos de qué va esto porque la pelota está fuera de nuestro alcance), la idea que ha ido incrustándose en nuestro cansancio es la de que nos torean mientras ellos hacen lo que quiera que estén haciendo. Y ni me molesto en preguntar porque dudo incluso de si algún día -como tantas cosas- llegará a saberse.


El mes de marzo tiene fama de violento y conflictivo seguramente porque su nombre proviene de Marte, dios romano de la guerra, y quedó fijado porque justo en su mitad fue asesinado Julio César. Ya no había duda, marzo era el mes de los conflictos, y muy pronto perdió el privilegio del ser el primer mes del año, con lo que los nombres de los últimos cuatro meses actuales quedaron relegados en su numeración, pues noviembre y diciembre perdieron el nueve y el diez que va en sus nombres. De esa manera, septiembre y octubre tomaron el relevo en la numeración de los anteriores, y acaso por este tránsito en el conteo, algunos aseguran que han desplazado claramente a marzo como época con más desavenencias (siempre hay quien se empeña en creer cualquier cosa por disparatada que parezca).

o0ctubre.JPGSeptiembre y octubre son los meses en los que colea el verano y se presenta el otoño reclamando su rango, al que el calor no deja espacio. Cuando hacía mis primeras traducciones de latín, quien me instruía me hizo caer en la conflictividad histórica de estos meses (tenía una lista, pero no me hablaba de otros meses), y se burlaba del ridículo marzo y de las advertencias julianas contra los idus. Este recuerdo es una memoria suspendida que nunca he tenido en cuenta, y he ido recordando la idea de aquel latinista a medida que se producían hechos que caían en esas fechas, como el golpe de estado de Pinochet, la guerra del Yom Kippur o los ataques del 11 de septiembre. Lo que él hacía es el mismo juego que utilizan algunos cartomantes y adivinadores. Ahora mismo veo lo mismo que en marzo o febrero: tengo la impresión de que, aun hablando la misma lengua, la gente no se entiende, y no hay manera de que los eternos monólogos con lógicas internas diversas confluyan al menos un instante. Lo mismo que mi profesor lo achacaba a los meses de septiembre y octubre, los creyentes religiosos dirán que es la voluntad de una fuerza superior, los que se guían por el esoterismo hablarán de conjunciones o alineaciones planetarias, los que predican la conspiración están convencidos que todo obedece a un plan maquinado no se sabe con qué fin por ocultos poderes que nadie sabe dónde operan, y hasta he escuchado a quienes culpan de la sinrazón a un plan alienígena en el que no faltan abducidos o incluso extraterrestres que conviven entre nosotros. Yo creo que no es nada de eso y a la vez es todo, porque el ser humano se construye con dudas y presta atención cuando alguien le muestra algo que hace pasar por certeza, y que tampoco lo es. Y si me pongo a recordar, también en estos meses ocurren cosas buenas, y he visto que soy un tipo con cierta firmeza, puesto que mi cumpleaños es siempre en este filo entre el verano y el otoño y nunca se me ha ocurrido cambiarlo de mes. Pues octubre digo yo que tiene que ser bueno, y de eso no hay quien me haga cambiar de opinión.


Sigo tratando de amortiguar la locura mediática generada por la política, aunque no sé si tal vez sea al revés, porque los medios y las redes se utilizan a veces como no debieran. El caso es que para volver a lo esencial también me sirve la narrativa que ahonda en los comportamientos humanos. No soy inmune a Paul Auster y otros autores bien promocionados, pero aquí prefiero ceñirme a lo cercano. Y en esa cercanía, dos novelas de corte muy diferente pero igualmente inquietantes me llevan a la convicción de que somos seres imprevisibles y por lo tanto peligrosos. Ambas novelas son El canto de la raposa de Rafael Alonso Solís e Interregno de Roberto A. Cabrera. En medio, se me ha vuelto a colar el último poemario de Pedro Flores, Los versos del contramaestre del arca, que también ahonda metafóricamente en las miserias zoológicas que seguimos arrastrando los humanos desde la mítica refundación de la Humanidad en el Arca de Noé.

IMG_6854.jpgPero, en estos días, lo que más apetece leer es algo que nos lleve a mundos distintos, a ser posible desconocidos y mejor si a veces son divertidos. Esto es lo que hace con mano segura Ramón Betancor en su trilogía El reino de los Suelos, un juego literario que empezó en un blog y fue creciendo hasta convertirse en todo un mundo a través de tres novelas, la última de las cuales es Camino del Suelo. Me ha sorprendido la originalidad del tratamiento que hace de las diversas historias que se entrecruzan, un juego sobre la identidad que envuelve con un tratamiento de misterio muy especial. No es fácil mantener el pulso en un recorrido tan largo, pero Betancor lo consigue, dando siempre una vuelta más de tuerca. Esto que digo son sensaciones de lector; podría entenderse como notas de lectura, y entiendo que esta novela pertenece a un universo literario ensamblado con las nuevas formas físicas que toma el mundo. También creo -es otra impresión- que haber terminado la trilogía libera las manos del autor para nuevas empresas literarias; claro, eso si le dejan tiempo las seis cuerdas de una guitarra rockera en el grupo Extática. Y para variar de géneros, he vuelto a un ensayo de los años 80 que ya es un clásico; me refiero a La invención de la tradición de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, que puede dar un poco de idea de cómo se construyen de la nada fenómenos sociales como el que ahora nos inquieta.

***

(Tengo en canal la novela El conocimiento, de Jonathan Allen, que, como en él es habitual, será una propuesta interesante de la que hablaré cuando la haya leído).

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