los blogs de Canarias7

IMG_E2140ret.jpgRegresamos a la sección de letra manuscrita de mi biblioteca para sacar de su letargo a un curioso cuaderno de recortes que ha estado guardado en un cajón los últimos cien años. Fue confeccionado en el invierno de 1916 por Margarita Bosch Millares (1900-1970), y hoy desvelamos su contenido.


Su autora
00064726_0001 copia 2.jpgMargara Bosch, como la conocían sus amigos, era hija de don Juan Bosch y Sintes, comerciante, armador de buques y consejero del Banco de España en Las Palmas de Gran Canaria, y de doña Encarnación Millares Cubas, hija del notario e historiador de Canarias, don Agustín Millares Torres. Margarita nació y creció junto a sus once hermanos en la casa 25 de la calle Cano, construida por su abuelo paterno, Tomás Bosch y Sastre, cuando en un viaje a Canarias en uno de sus veleros, decidió establecerse como comerciante. Margarita se casó con Domingo Guerra del Río, que fue alcalde de Las Palmas en 1931, pero enviudó ese mismo año. Tuvo una librería que llevaba su nombre en la calle Constantino, nº 8, y que luego reabrió el 8 de agosto de 1968 con otro propietario y otro nombre: Librería Larra. Podemos ver su rostro en ese retrato realizado en 1942 por su pariente Tomás Gómez Bosch.

El cuaderno
Nada más abrirlo, su autora nos aclara su contenido: "Programa y artículos de periódicos de la Compañía de Ópera del señor Baratta. 1916", y añade debajo: "Nos abonamos en la platea 13".

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Lo que viene a continuación son 23 programas de mano de óperas como Aida, El barbero de Sevilla, La Traviata, etc... representadas en el Teatro Pérez Galdós por la Gran Compañía de Ópera Italiana dirigida por el maestro Arturo Baratta y de Valdivia en 1916. Dos años después, la noche del 28 de junio de 1918, un gran incendio destruiría el teatro, pero esa es otra historia.

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Arturo Baratta y de Valdivia (1860-1947) fue un compositor y director de orquesta catalán. Estudió en el Liceo de Barcelona. En 1875 se instala en Roma, y en 1876 en París para estudiar piano. En 1879 regresa a Barcelona y en 1882 estrena en el Liceo, la ópera Lo desengany, de Conrad Roure.

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Pero sigamos con el cuaderno. A cada programa le acompaña el recorte de prensa correspondiente con la crítica de la obra. No faltan las impresiones de Margarita, breves y contundentes. Sentencias escritas de su puño y letra del estilo de: "Yo no fui", "fue un desastre", no me gusto nada", "no me llenó", "no estuvo mal", "estuvo horrible", "fue una maravilla", "estupendo", regular". En algunos casos se extiende un poco más, como la que se refiere a La bohème, de Puccini, en la que la Srta. Fidela Campiña interpretaba a Mimí. Margarita dejó escrito: "Divinamente bien, sobresaliente Fidela Campiña, que cantó estupendamente bien". En algunos de los recortes la nombran, destacando su asistencia. En una de esas apariciones, algún amigo suyo escribió a plumilla junto a su nombre: " No te pongas tontita".

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Terminada la temporada de invierno, Margarita siguió reflejando en su cuaderno la vida social de la clase alta de Las Palmas en aquella época. Escribió: "Los artículos de periódicos de los dos concursos hípicos que hubieron en Las Palmas los Domingos 18 y 25 de noviembre de 1919, fueron los primeros que hubieron en esta población. Teníamos nosotras el palco nº 38. Fue en el campo de España". Lo que viene a continuación son recortes de periódicos que hablan sobre fiestas en el Metropole, bailes en el Gabinete Literario, concursos de belleza y fiestas de carnavales. Margarita no se perdía ni uno de esos eventos, pues su nombre aparece constantemente en los recortes de prensa. La fotografía que reposa sobre el cuaderno nos dice bastante de la personalidad de Margarita, en ella aparece disfrazada de Minerva, la diosa romana de la sabiduría y de las artes.

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00000869_0001 copia.jpgPóngase cómodo y prepárese para viajar en el tiempo. Todo está dispuesto para que cuando comience a leer el siguiente párrafo empiece nuestra singular expedición al pasado. ¡Buen viaje!

Estamos en 1911, y nos encontramos en la plaza Hurtado de Mendoza, conocida en el momento presente como plaza de la Democracia. Todo lo que ve es fruto de una profunda reforma llevada a cabo en 1908. Se habrá dado cuenta de que vamos vestidos acorde a la época, así no llamaremos la atención. He elegido personalmente su atuendo. Me alegra ver que he acertado con la talla. Según mi reloj de bolsillo son casi las doce del mediodía, y hace un calor terrible para estar a menos de tres días de la llegada del otoño. Pero como habrá comprobado en esta plaza se está de maravilla, gracias al frescor que proporcionan los artísticos jardines que la rodean, y los parterres poblados de palmeras, acacias y laureles que proyectan su sombra sobre las baldosas. ¿Y qué opina de ese amplio estanque con cisnes? Dicen que también hay peces de colores. Acerquémonos a verlos. Ese estruendo es el cañón de las doce, ¡no se asuste! Continuemos.

00000881_0001.jpgA mí también me ha llamado la atención esa columna de cantería coronada con un globo terráqueo. Tiene termómetro, y marca casi 29 grados. También hay un barómetro, y están indicadas en una tabla las distancias a los pueblos del interior de la isla. Tiene también una meridiana para conocer las horas en todas las capitales del mundo.

Este lugar, conocido antiguamente como la plazuela del puente, ha tenido distintas denominaciones a lo largo de su historia. En 1858 pasó a llamarse plaza del Príncipe Alfonso. En 1869 de la Democracia. En 1875 volvió a su primitivo nombre, hasta 1910, que se llamó plaza de Canalejas. Un año después, en 1911, volvió a llamarse de la Democracia, hasta 1922, año en el que terminó el baile de nombres y adquirió la denominación con la que la conocemos en la época de donde venimos. Pero dejemos los datos históricos y disfrutemos del paseo. Rodearemos el estanque para ver qué se cuece en los edificios circundantes.

00025342_0001.jpg Ahí en la esquina está la Farmacia de Gaspar Meléndez, desde aquí pueden verse el mostrador y los albarelos en los estantes. Justo al lado está la peluquería La Favorita. No me vendría mal un buen afeitado. ¡Ah! Ese portal conduce a la sastrería de don Manuel Milán. ¡Fíjese!, sale un caballero luciendo traje nuevo. Los nuestros no son igual de buenos, pero dan el pego. Sigamos. Este edificio tan bonito de aquí al lado es el Círculo Mercantil. Sorprende verlo así de nuevo. Su altura y sus líneas elegantes contrastan con la simplicidad del edificio de dos plantas de estilo colonial que tiene enfrente y que hoy es el Hotel Monopol. Parece que llegan huéspedes nuevos, y son ingleses. Sentémonos en este banco a observar. Será solo un momento.

Un botones ha salido a por el equipaje, que espera en el coche. Fíjese en esos preciosos baúles. Llevan numerosas etiquetas de hoteles, testigos de los viajes de sus propietarios. Pongámonos en pie y continuemos con el recorrido. Paseemos junto al Guiniguada. Ahora apenas discurre un hilo de agua pero ha habido inviernos en los que ha corrido un auténtico río. En el borde del barranco destacan tres quioscos iguales y equidistantes, diseñados por el arquitecto Fernando Navarro. Los dos primeros son bares con terraza, y como ve todas sus sillas de mimbre están ocupadas. Vayamos al tercero, terminaremos allí nuestro paseo. Se trata de la tabaquería de Santiago Gutiérrez Martín. Además de tabaco de las Islas y de la Habana vende postales. Llevaré estas dos. Son de la plaza, y están coloreadas. Un bonito recuerdo de este viaje en el tiempo. ¿Está listo para volver? Le entiendo... yo tampoco.

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leoncio001.jpgEn 1902, existían en Triana 28 tiendas de ultramarinos, o como popularmente se las conocía: de aceite y vinagre. Una de ellas era la de Leoncio de la Torre, ubicada en el número 52 de la calle Mayor de Triana, local ocupado hoy por una perfumería. Las imágenes en alta resolución disponibles en la FEDAC invitan a recorrerla al detalle, a detenerse a leer los carteles publicitarios, a husmear en los estantes y a comprobar el género metiendo la mano en los sacos que hay en el suelo. Llaman la atención las cajas de galletas de la marca inglesa Peek Freak en lo alto de la estantería, las damajuanas protegidas con mimbre en el suelo, o el barril de sal inglesa rotulado con las letras J.T.

leoncio003.jpg Lejos de pretender escribir una biografía sobre su dueño, que sin duda merecería un trabajo de investigación más extenso, sí me parece interesante dar algunas pinceladas sobre la vida de este comerciante, cuyo nombre completo era don Leoncio de la Torre y Sarmiento, y rescatar así su memoria.

leoncio004.jpg De don Leoncio podemos aportar algunos datos. En el reglamento de la Sociedad Filarmónica de Las Palmas (creada en 1866), publicado en La Opinión el 6 de septiembre de 1873, aparece como archivero de la sociedad, de lo que deducimos que tenía inquietudes musicales. El 1 de julio de 1903 su nombre aparece en una lista para contribuir a la creación de una estatua en Madrid, dedicada al excmo. literato y estadista don Emilio Castelar, y para la que aporta 2 pesetas. El 30 de marzo de 1908, se le concede la autorización correspondiente para desempeñar el cargo de Vice-cónsul de Brasil en la Ciudad de Las Palmas. En la Guía de la Ciudad de Las Palmas publicada en 1911, a la que ya dediqué un artículo, encontramos un anuncio de su tienda:

leoncio005.jpg En la prensa de la época su negocio aparece con frecuencia en la sección de avisos. El más curioso es este publicado el 10 de julio de 1899, en el que aparece una oferta muy interesante:

España 01071899.jpgEl manantial del Balneario de Santa Catalina fue descubierto en la década de 1860. En 1876, el doctor Mariano Carretero determina que son aguas cloruradas sódicas. Estaba situado a 3 km de Las Palmas, y se podía ir a pie, en tranvía, o en los carruajes que los propietarios ponían a disposición de quienes quisieran hacer uso de las aguas y de los baños, y que salían regularmente. El edificio tenía en el centro un precioso jardín cultivado con esmero, y en cada uno de sus lados seis cuartos de baño perfectamente dispuestos. Las pilas eran de grandes dimensiones, y el agua se extraía del pozo con dos bombas y era conducida al baño por una tubería de hierro. El salón de descanso, que cerraba el establecimiento por la parte de oriente, era espacioso y estaba decorado con gusto y elegancia. Todo preparado para que la estancia en el balneario fuera cómoda y agradable, tanto para los que iban a beber su rica agua mineral como para los que acudían a dejar sus dolencias en sus saludables baños.

Don Leoncio falleció el 5 de julio de 1915. En la prensa apareció la noticia y decía así: "Ha fallecido en esta ciudad don Leoncio de la Torre Sarmiento, comerciante de gran reputación en esta localidad, persona de trato afable y de cualidades excepcionales de carácter, que le hacían ser objeto de estimación y aprecio en Las Palmas."

Con la muerte del comerciante llegó la desaparición de la tienda, y más tarde la del balneario. De todo aquello ya solo nos quedan unas viejas placas fotográficas y unos anuncios amarillentos. Sirvan estas letras para que cuando usted pasee por Triana y llegue a la esquina de la calle Clavel, recuerde a don Leoncio y a su entrañable tienda de aceite y vinagre.

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cañon.jpgDesde el siglo XVI y hasta finales de los años treinta del siglo XX se mantuvo vigente en Las Palmas la costumbre de disparar un cañonazo a mediodía, cuando el sol alcanzaba su cenit. El disparo se realizaba desde las almenas situadas al poniente del castillo del Rey, en el Risco de San Francisco.

El cañonazo servía como referencia para los pocos relojes públicos que habían en la ciudad y que jamás marchaban igual. Entre ellos el muy venerable de nuestra Catedral, que carecía de credibilidad, pues era extendida la creencia de que sus manecillas eran manipuladas por el viento, al carecer su esfera de cristal protector.

La señal convenida para provocar el estampido provenía de la Comandancia de Marina, y consistía en el izado de la bandera. Todos los días, poco antes del mediodía, un artillero apostado tras los muros de la fortaleza observaba a golpe de catalejo como la bandera ascendía lentamente hasta lo alto de un mástil. En ese momento se accionaba el mecanismo y el cañonazo retumbaba en toda la vecindad marcando el punto meridiano del día. Entonces todo el mundo exclamaba "son las doce", mientras se apresuraban a ajustar los relojes de bolsillo y los de pared guiándose por aquel eco lejano.

Nadie se cuestionaba si eran las doce y diez o las doce menos cuarto. Eran otros tiempos, y en aquella pequeña y apartada urbe de entonces no se vivía con prisas ni se daba tanta importancia a la puntualidad. El sobresalto ocasionado por aquella gruesa pieza de artillería rompía la monotonía y paralizaba la ciudad. Se cerraban las tiendas y consultas, las fábricas detenían su actividad, y todo el mundo se iba a almorzar. A pie, en guagua o en tranvía. Quienes se lo podían permitir tomaban un aperitivo en Triana, mientras que en las cocinas de las casas se destapaban las cazuelas dejando escapar el olor de la comida hacia la calle.

En definitiva, la vida en Las Palmas se regía por el inofensivo pero ruidoso cañón de las doce. Una monstruosa pieza de artillería que enmudeció hace casi noventa años, cuando se decidió que su cometido era ya pólvora mojada. Desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo.

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IMG_E2060.JPGEs una noche cualquiera de septiembre y llevo un rato recorriendo la ciudad sin moverme de mi escritorio. Me ha atrapado un librito publicado en 1911 titulado Guía de Las Palmas y de la isla de Gran Canaria. Tiene 150 páginas, más de 35 anuncios publicitarios, 41 fotograbados y 3 mapas desplegables. Fue impreso en Barcelona, en la imprenta de Juan Vidal.

Recuerdo como llegó a mis estantes. Todo comenzó con una preciosa mesita de costura de factura italiana que tenía una particularidad. Si levantabas el tablero accedías a un compartimento y sonaba la canción de cuna de Brahms. Una decorativa pieza que puse a la venta y fue a parar a manos de un coleccionista con buen gusto, que al conocer mi pasión por la historia me obsequió con esta escasa y curiosa guía de principios del siglo XX, que como reza su portada, se podía adquirir en la librería de Rafael Enríquez Padrón, situada en la calle Remedios.

El curioso volumen despertó mi curiosidad desde el primer momento, y ahora que he vuelto sobre él, me encuentro atrapado en un punto intermedio, entre la sección de anuncios y uno de sus delicados mapas desplegables. La ciudad en dos dimensiones se extiende ante mí como un evocador teatro de operaciones donde me muevo a mi antojo. Sobre el papel soy un viajero que se deja llevar por su imaginación.

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Sobrevuelo el mapa con mi dedo y me detengo en el acreditado comercio de Luis Rivero, en la calle Remedios número 1. Según revela la guía posee un amplio surtido en tejidos, pañuelos y maletas de mano. Es un buen sitio para comprar un paragüas de calidad, confeccionado en Las Palmas. Paso página y me desplazo a Triana 39, donde se halla la relojería alemana de Juan Pflüger. Dice tener precios moderados, y recibir cualquier trabajo de compostura relacionado con el ramo. Precisamente tengo un reloj de bolsillo que se paró hace tiempo. Quizá puedan resucitarlo. Deslizo la hoja y llama mi atención otro reclamo. El de un almacén de comestibles llamado Puerta del Sol, en Doctor Chil, 26. Aquí venden el célebre anís Pensamiento y la sidra champagne marca El Gaitero. Llevaré una botella de cada. También hay fruta cristalizada, turrones de todas clases, quesos de bola y de plato. Volvemos a Triana. Esta vez el papel me lleva al número 87. La librería papelería High-Life es especialista en postales. Compraré unos cuadernos y una de esas vistas de Vegueta que tanto me gustan. No muy lejos de aquí, en el número 48, está la sombrerería de Manuel Pérez Jorge. Una buena ocasión para reponer el sombrero que perdí en el artículo del París Garage. Me ha entrado apetito. Comeré algo en el English Bar, en la plaza de la Constitución número 10. Se sirven cenas con prontitud y esmero. Justo lo que necesito.

El timbre del teléfono acaba de romper el encantamiento. Atiendo la llamada. Es uno de mis contactos. Me cuenta que han aparecido unos murales en las paredes de una casa que están reformando en Vegueta. Un nuevo caso. Es en el piso que está justo encima de aquel local donde aparecieron símbolos masónicos tras el papel pintado. Anoto los datos en mi cuaderno y cuelgo el auricular. ¿Por dónde iba? ¡ah, sí! el English Bar... Retomo la guía de Las Palmas de 1911 y me reclino en mi butaca. Es una noche cualquiera de septiembre, y sin darme cuenta vuelvo a sumergirme en mi querida ciudad, tal cual era a principios del siglo pasado, y sin salir de mi gabinete.

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00000292_0001.jpgViajar al pasado y deambular por la calle Mayor de Triana de finales del siglo XIX es posible. Basta con escudriñar la serie de fotografías que tomó el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez para dejarse llevar y retroceder en el tiempo. La serie se encuentra disponible, para deleite de curiosos e investigadores, en el valioso Fondo de Fotografía Histórica de la Fedac.

La luz que Brito atrapó en su cámara oscura hace más de un siglo deslumbra hoy en nuestras pantallas, y nos ofrece un pintoresco recorrido por los establecimientos de una Triana que vista a través del ojo del fotógrafo se torna desconocida.

Comenzamos el itinerario y aparece ante nosotros la sombrerería de Batista; el escaparate de la óptica-relojería Al Cronómetro; la ferretería de Schamann. Entre otros. Pero ahí no queda todo. ¿Imaginan poder atravesar el umbral de alguno de esos comercios y ver cómo eran por dentro? Se puede. Porque Brito desafió a su cámara inmortalizando algunos de los interiores, en un momento en el que la ciudad de Las Palmas aún no contaba con electricidad y los locales se iluminaban con la trémula llama de una lámpara de petróleo. Gracias a ese dominio de la técnica fotográfica podemos ir un paso más allá y ver los mostradores; los carteles publicitarios; las mercancías en el interior de las vitrinas.

Es en los vidrios de esas vitrinas donde quedaron atrapados ad eternum algunos de los protagonistas del comercio de aquella época. Hoy unos perfectos desconocidos. Los más desafortunados hacen acto de presencia como sombras espectrales, víctimas de las largas exposiciones, en los reflejos de los cristales. Otros, con más suerte, posan como pálidas apariciones que nos miran fijamente a través de esa fisura en tono sepia que Brito abrió a través de su lente. Pálidos por el destello del polvo explosivo del flash. Serios por la importancia del momento, conocedores de que iban a pasar a la posteridad.

La Fedac no especifica la fecha en la que Brito realizó las fotografías. Sí las ubica entre 1890 y 1895. Pero si analizamos algunas de las imágenes a través de una lente de aumento podremos precisar el momento en el que la cámara de Brito recorrió nuestra querida Triana. La respuesta se haya en los almanaques que aparecen colgados en las paredes de algunas de las tiendas. En la imagen titulada "Comestibles" hay un calendario de una marca de chocolates que indica que es 2 de mayo. En la del interior de la sombrerería de Batista aparece un precioso calendario en el que puede leerse 3 de mayo. Hasta aquí bien, pero ¿y el año? La clave la encontramos en la fotografía titulada "La oficina", en ella hay un calendario que corresponde al mes de mayo, y el día 1 cae en domingo. Pues bien, esta combinación solamente se da en dos ocasiones en la década de 1890: una en 1892, y otra en 1898. Por tanto, teniendo en cuenta la horquilla establecida por la Fedac y los datos que arrojan las propias imágenes, me inclino a pensar que Brito visitó Las Palmas a comienzos de mayo de 1892.

Pero, ¿por qué vino Brito a Las Palmas en ese periodo? ¿Fue una fecha elegida al azar? Yo creo que no. Resulta que en ese año de 1892 se celebró en Las Palmas, entre el 28 de abril y el 8 de mayo, la Fiesta de las Flores. La ciudad se llenó de pabellones en los que se mostraron las virtudes de cada municipio: plantas, frutos, animales, aves, productos agrícolas, industriales y artísticos. Una fiesta que quedó inmortalizada en otra interesantísima serie de fotografías realizada por el fotógrafo Luis Ojeda Pérez (disponible también en la web de la Fedac). De él es la estampa que encabeza este artículo. Parece que Brito estuvo en Las Palmas esos días, y retrató las fachadas e interiores de los comercios de Triana, evitando así pisar la tupida tela de la cámara de cajón de su colega grancanario, que se movía de pabellón en pabellón inmortalizando aquel evento tan importante para la isla de Gran Canaria.

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swanston.jpgAgosto. Una tarde cualquiera. El sol luce radiante y hace un calor insoportable. La línea 1 me ha traído hasta el barrio de Arenales, y ahora camino por la calle Aguadulce siguiendo el sinuoso y estrecho sendero que me marca la sombra. Me dirijo a un local situado a un par de calles con la intención de visitar a una amiga, que como yo, tiene alma de brocante. Hace tiempo que no la veo y quiero curiosear las novedades que ha añadido a su particular gabinete de antigüedades.

Entonces me percato de la presencia del gigante, y cambio de acera. Detengo mis pasos un poco más adelante, frente al colegio, y uso mi mano a modo de visera para observar al monstruo. Ya lo había visto en otras ocasiones, pero nunca desde este ángulo. Se trata de una chimenea de ladrillo rojo a la que todo el mundo conoce como chimenea Swanston. Desde aquí solo es posible verla parcialmente ya que ha quedado atrapada en el interior de una manzana de casas. Mientras la miro detenidamente aparece un hombre en bicicleta que se para frente a la puerta metálica del patio del colegio. Va a entrar. Sin pensarlo dos veces me acerco y le pregunto por la chimenea. El hombre sonríe. Me invita a pasar y a verla de cerca. Mientras caminamos hacia ella me cuenta que a su alrededor crece un huerto urbano. Yo no tenía ni idea. Deja la bicicleta junto a una valla y nos adentramos en el cercado.

Desde aquí puede verse la construcción en todo su esplendor. Tiene unas dimensiones impresionantes: 37,5 metros de altura y 2 metros y ochenta centímetros de diámetro en su base, que se reducen en lo alto hasta el metro sesenta. Fue construida por el arquitecto Fernando Navarro en el año 1900, y formaba parte de una factoría que pertenecía a la antigua Sociedad Canaria de Molinería y Panificación. Más tarde fue una fundición mecánica. Luego, en 1962, pasó a ser la fábrica de jabones "Dos Llaves", fundada por Manuel Quevedo Alemán, y que funcionó a pleno rendimiento hasta 1980, año en el que se destruyó el complejo.

El hecho de que se llame "Swanston" es un error que por alguna razón se consolidó con el tiempo, porque no existe vínculo alguno que relacione esta fábrica con los Swanston que construyeron el puerto. Probablemente sea por asociar la fábrica de jabón con el conocido jabón fabricado por esta familia inglesa y que toda la ciudad conocía como jabón "suasto".

IMG_1973 copia.jpgJose Luis, que así se llama mi cicerone, me enseña todo lo que tienen cultivado. Él es un agricultor a tiempo parcial, yo un urbanita a tiempo completo, y aunque me suena a chino todo lo que me cuenta del compost y las lombrices, le presto toda mi atención porque es algo que siempre ha llamado mi atención. Me dice que trabajar en ese pedacito de terreno es volver a nuestras raíces, es poner los pies en la tierra. Cuánta razón. Claro que no es el único que trabaja en ella. Forma parte de un heterogéneo grupo. Mientras me muestra todo lo que tienen plantado parece que la chimenea me observa desde lo alto. Soy un extraño que ha invadido sus dominios y que de repente planea escribir sobre ella. Yo no puedo evitar mirarla de vez en cuando, mientras a mi alrededor crecen tomates, higos, aguacates, frutas tropicales, plantas medicinales... siempre con el beneplácito de ese gigante, que languidece olvidado entre los edificios del barrio como el último testimonio del pasado industrial de Las Palmas de Gran Canaria.

Antes de irme le pido a Jose Luis que me deje tomar algunas fotografías. El amable agricultor desaparece unos instantes y regresa con un obsequio: un manojo de hierbabuena recién cortado y que huele de maravilla. Le doy las gracias y me acompaña hasta la puerta. Dejo atrás la tapia del colegio y mis pensamientos fluyen por el interior de la chimenea. Ya he olvidado a dónde iba... ¡ah sí! a ver a mi amiga, la que tiene alma de brocante. Continúo calle arriba y cuando llego a su local le digo:"Mira lo que te traje". Ella sonríe, ¡Un ramillete de hierbabuena!

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cumbre01.jpgEntre los libros que componen mi biblioteca hay dos que llaman la atención por su pequeño formato. Están encuadernados en piel, y tienen los lomos nervados. Para que el lector se haga una idea de su tamaño, piense en un cromo de cuatro centímetros por seis de alto, porque eso es lo que contienen: una colección de 84 cromos coleccionables de Banderas, editada en los años cincuenta y que venían como obsequio en el interior de las cajetillas de cigarrillos CUMBRE. Estas cigarettes cards fueron muy populares a mediados del siglo XX y abarcaron temas de lo más variopinto: Actores, actrices, atletas, aeroplanos, automóviles, fauna, flora, etc... Alguien completó la colección y mandó a encuadernarla. A costa de su salud, supongo.

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Pero dejemos a un lado las suposiciones y todo lo que el humo del tabaco conlleva y centrémonos en la marca: CUMBRE, ¿no le dice nada? Si vive en Las Palmas de Gran Canaria seguro que ha paseado más de una vez bajo la sombra del precioso edificio donde estuvo esta antigua fábrica de tabacos. Se encuentra situado en la calle Luis Antúnez, esquina Pi y Margall, en el barrio de Alcaravaneras. Este inmueble, o lo que queda de él, es uno de los más relevantes del patrimonio industrial de Las Palmas. Los más mayores sin duda lo conocerán. Yo reparé en él hace tan solo unos años.

cumbre02.jpgCuando llamó mi atención, el edificio ya había sido derribado en su mayor parte para construir aparcamientos y locales. Una lástima. Tan solo quedó en pie la preciosa fachada, diseñada por el arquitecto racionalista Miguel Martín Fernández de la Torre en 1922, y las dependecias donde estuvieron los despachos y oficinas de la tabaquera. Admiren las vidrieras. Son una maravilla.

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Santiago Gutiérrez Martín fue un importante tabaquero grancanario, pionero de esta industria en la isla de Gran Canaria. En 1905 abrió una pequeña fábrica de cigarros que llamó La flor Isleña. Los primeros años fueron difíciles, pero gracias a su esfuerzo logró exportar sus productos a Sudamérica, con gran aceptación en países como Uruguay y Argentina. Pronto modernizó y mecanizó su fábrica para poder hacer frente a la demanda. En 1922, Santiago Gutiérrez levantó este edificio que contaba con una superficie de 1.269 metros cuadrados. En Arenales, una de las zonas de expansión de la ciudad. Contaba con un patio central cubierto y dos alturas. En 1937 decide bajar la producción de cigarros puros y centra la producción en la fabricación de cigarrillos, para lo cual crea la marca Cumbre.

recorte caja.jpgEs fácil imaginar el ajetreo en esas estancias de la primera planta, ahora mudas y vacías. El que escribe ha tenido acceso al edificio. Lo único que queda es la invulnerable caja de caudales, que según delata el dial, fue fabricada en Barcelona. También sobreviven los pisos hidráulicos. Poco más.

Siempre podremos cerrar los ojos y recurrir a la imaginación. Entonces podremos ver los escritorios de caoba, las máquina de escribir, los tinteros, los archivadores, los enormes libros de contabilidad y el perchero junto a la escalera para los abrigos y sombreros de los empleados. Oiremos el ajetreo que viene de la fábrica, en la planta de abajo. Notaremos el tacto suave y cálido de la brillante barandilla de madera, mientras descendemos la escalera. Y nos embriagaremos con el aromático olor de la hoja de tabaco, que lo impregna todo. Una bonita forma de engañar a nuestros sentidos, para recordar lo que fue La Flor Isleña.

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IMG_E1933r.jpgEscribo este artículo en una negra y brillante Remington Portable nº 5 de 1938 con las teclas de cristal. Se la compré hace años a un señor que la tenía cogiendo polvo en el garaje de su casa, en el Risco de San Nicolás. Había pertenecido a su padre, que trabajó como contable para una exportadora de tomates y la usaba para la correspondencia, allá por la década de los cuarenta. Quería deshacerse de ella, así que negociamos una cantidad y me la llevé a casa. En aquel momento no estaba como luce ahora. Fue necesario rehacer algunas piezas, una buena limpieza, aceite y cinta nueva, para hacerla renacer y que escribiera como el primer día. Ahora está lista para lo que sea, y es un auténtico placer escribir en ella. Escribir sin distracciones, en negro sobre blanco.

Recuerdo la primera vez que vi uno de estos artefactos. Fue a finales del los años ochenta, cuando yo frisaba los diez años. En mi casa nunca hubo máquina de escribir. Las había visto en algunas películas en blanco y negro, en la abombada pantalla del Telefunken con los laterales imitando a madera que teníamos en casa. Me acuerdo de aquel día en casa de mi inseparable amiga Meri con la que me reunía cada tarde, después de la merienda, para hacer los deberes del colegio. Teníamos que hacer una redacción, y ella apareció con una máquina portátil de color beige. Comenzó a mecanografiar y el sonido de las teclas y la campanilla al final de cada línea me fascinaron.

Pasó el tiempo y ese recuerdo quedó encapsulado en mi memoria. Llegaron los primeros ordenadores. Los procesadores de texto. Las impresoras. Fue cuando empecé a sentir la necesidad de escribir cuando aquel inofensivo "aleteo de mariposa" producido a finales de los ochenta cobró fuerza y comencé a buscar una máquina de escribir para dejar, por unos instantes, la sofisticación de la informática y volver a lo básico; al encanto de lo simple; a la esencia. La máquina elegida fue una Corona n.3 de 1917. Una máquina de reportero elegida a dedo que salió del puesto de un anticuario del mercadillo de Portobello Road, en Londres. Elegida a dedo porque era el mismo modelo que usó uno de mis escritores favoritos para redactar sus artículos desde París, en los años veinte. Hablo de Ernest Hemingway. El aparato antediluviano necesitó de una puesta a punto antes de que pudiera colocar un papel en el rodillo y trasportarme a casa de mi amiga, a aquella tarde a finales de los ochenta, cuando tuve ante mí una máquina de escribir por vez primera.

El modelo que usó Hemingway en los años veinte fue la primera de mi incipiente colección. Luego llegó una Royal Quiet de Luxe de 1946, usada también por Ernest en Finca Vigia (Cuba), y algunas más que reposan entre los libros de mi biblioteca, o en sus estuches, y que no voy a enumerar para no aburrirle con marcas y modelos. Todas restauradas o a la espera.

A Hemingway no lo conocí personalmente. No tuve el placer, por una cuestión cronológica. Pero me hubiera encantado. A José Miguel Alzola sí lo conocí. Otro de mis escritores favoritos. Fue una gran suerte conocerle. Él también usaba máquina de escribir, aunque prefería la pluma y la cuartilla. La suya era una Olympia Traveller de Luxe que tenía a un lado de su escritorio, en su despacho de la calle Peregrina. Recuerdo una vez que la vi expuesta en el escaparate de la barbería de Triana donde solía arreglarse, junto a un retrato suyo y algunos de sus libros, a modo de homenaje.

Sonados han sido los casos de máquinas con pedigrí ascendidas a la categoría de reliquia y que han alcanzado cifras astronómicas en el mercado. Véase el caso de la actriz Angelina Jolie que quiso regalarle a su futuro marido, Brad Pitt, la Underwood que usó mi querido autor de El viejo y el mar, dando una señal de 25.000 dólares como anticipo del cuarto de millón que pedía su afortunado poseedor. Por alguna extraña razón, Angelina renunció a la máquina y acabo regalándole un reloj. Un reloj caro, por supuesto.

Otro que llama mi atención es el de la máquina del escritor estadounidense Cormac McCarthy, autor de La carretera, entre otros títulos. En 2009, ahogado por las deudas, tomó la difícil decisión de vender su desgastada Olivetti Lettera 32. La usó durante 46 años para escribir novelas, guiones y cartas. Fue subastada por la casa Christie´s y se esperaba recaudar entre 15 y 20.000 dólares. El precio final fue de 254.000 dólares.

Hace unos días, mientras terminaba de poner a punto la Remington que aparece en la fotografía, recibí un mensaje de mi madre en el que me decía que acababa de comprarme una máquina. Adjuntaba algunas fotografías. Era la misma con la que McCarthy había escrito más de cinco millones de palabras: una Olivetti Lettera 32 en perfecto estado, sin duda una rara avis. Había pagado por ella la irrisoria cantidad de 4 euros.

Y mientras escribo estas líneas en esta preciosa máquina, mi hijo me observa, y pienso en el efecto mariposa... quién sabe...quizá dentro de unos años se repita la historia.

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IMG_E1930.JPGCuando se trata de antigüedades, hasta el objeto más insignificante puede esconder una historia interesante. Miren si no, el bodegón que acompaña este artículo. Observen esa cajita de cartón de color borgoña rotulada en plateado con los datos de una librería. Probablemente sirvió para guardar tarjetas de visita, puesto que la "Gran Canaria", como bien indica la leyenda, además era imprenta y papelería. Salta a la vista la preciosa filigrana modernista que aparece entre líneas. Es posible que algún lector ya esté recorriendo mentalmente la calle Obispo Codina, en Vegueta, y haya llegado a la conclusión de que allí no hay ninguna librería ni nada que se le parezca. Está usted en lo cierto. Pero las hubo, porque además de la que hoy nos ocupa, existió una llamada Moderna (1925-1931), y otra cuyo nombre era Hispania (1931-1977) en el local donde hay hoy una conocida cervecería. Pero no nos confundamos de estantes y descubramos la historia que hay detrás de este objeto en apariencia insignificante.

Canarias turista 01061910.jpgLa librería Gran Canaria fue fundada en 1908 por un hermano del alcalde José Mesa y López. Más tarde, en 1923, la adquiere el poeta Alonso Quesada, en sociedad con Manuel Valle. Empezaron con ciertas dificultades, ya que no tenían suficiente dinero y se vieron obligados a recurrir a la firma de letras de cambio. Apenas hacía un año que Quesada había abandonado su empleo en el Bank of British para ocupar un puesto de encargado de estadística en la Junta de Obras del Puerto de la Luz. Su nuevo empleo le permitió tener más tiempo ya que solo trabajaba de mañana. Su idea era dedicar el resto del día a su actividad literaria, pero la librería comenzó a dar más preocupaciones que ganacias y se vio obligado a emplear las tardes en sacar el negocio adelante. Pero no hubo tiempo. La salud del poeta, que nunca fue buena, comenzó a resquebrajarse y la "Gran Canaria" colgó el cartel de cerrado pocos meses después de haber cambiado de manos. Para siempre.

00007247_0001.jpgAlonso Quesada falleció en 1925, aún no había cumplido los 39 años. Fue enterrado junto al mar. A veces visito su tumba, y entonces lo imagino saliendo de la librería, tocado con un sombrero hongo y envuelto en un gabán, hilvanando versos con la tinta reseca que los asientos contables han dejado entre sus dedos.


Imágenes:
Anuncio publicado en la revista Canarias Turista, el 10 de junio de 1910.
La fotografía fue tomada en 1918, y en ella aparecen, de izquierda a derecha, Alonso Quesada, Saulo Torón y Tomás Morales.

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